Adán y los arrendadores de cerebros

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En esos días se puso de moda alquilar el cerebro. Google había descubierto o comprado el hallazgo de que el cerebro humano entrega mucha más potencia de cálculo que el servidor más potente; el problema era que los humanos se distraían con cualquier cosa, que no podían dejar de pensar en sus divagaciones, y esa actividad incesante les impedía procesar tareas rutinarias.

Se solucionó enseguida mediante la clásica hipnosis. El centro se llenó de cuchitriles en los que la gente se dejaba hipnotizar y luego, con cuatro electrodos, se pasaba la tarde sin pensar en nada, calculando estructuras para corporaciones y jugarretas en los mercados. Los cerebros humanos proporcionaban una punta de velocidad que en el otro lado del planeta alguien sabía convertir en dinero. Era mucho más barato que un datacenter. Pagaban a cada voluntario un mínimo ínfimo más incentivos: dependiendo de la concentración y la potencia mental de cada donante,  que se plasmaba en un panel rudimentario, se cobraba más o menos. Los donantes salían relajados, pues durante un buen rato se habían liberado de sus obsesiones, y si alguien se desmayaba le daban un bocadillo. Algunos afirmaban que solo por pasar unas horas sin pensar en sus atormentadas vidas lo hubieran hecho gratis, incluso pagando. Los avispados traficantes de este mercado de bits naturales (carnuzos, en jerga tecnológica) calculaban que pronto podrían cobrar por lo que ahora, aunque fuera poco, pagaban.

Adán sucumbió a ese fervor por alquilar las neuronas que, a fin de cuentas, tampoco servían para nada. Pero las maquiladoras de cerebros del centro verificaban el historial médico de los candidatos y enseguida encontraron que Adán había estado en coma diez años, así que tuvo que sufrir la humillación del rechazo preventivo. Él sospechaba que lo repudiaban por el rayo que le cayó al nacer, pero como había mucha oferta y la cola llegaba hasta la calle lo esfurriaron sin más explicaciones.

Como no quería quedarse sin probar la nueva sensación Adán se fue a las empresas de los barrios. Hacían lo mismo pero de forma clandestina. Entró a un semisótano destartalado que había sido bazar chino y antes mesón y antes fábrica de hielo y le pusieron los cascos sin chequear su pasado. A alguno de los donantes le chisporroteaba el cuero cabelludo, pero nadie se inmutaba. Parecía un fumadero de opio o un chill out para desesperados. Como no había conexiones habían tendido una manguera coaxial que serpenteaba por las aceras hasta abismarse en una alcantarilla. La cosa funcionaba 24×7, así que aquel tubo lleno de ceros y unos les servía a los viandantes y vecinos para calentarse los pies. Los gatos se ovillaban y los perros lamían aquel conducto que por el que circulaban futuros, derivados y el precio de ensueños y cosas que ninguno de los voluntarios podría pagar ni en mil años de calentón.

El caso es que Adán, bien por el rayo del parto, bien por el coma, o por su propia idiosincrasia, reventó el sistema. Los donantes, una veintena de personas que ya parecían de otros mundos, despertaron de repente enloquecidos por la interrupción, se arrancaron los cables y empezaron a destrozar el local. Las amenazas e improperios de la encargada, que esgrimía en vano una cuchilla de destazar, no lograron aplacarles. Sólo el pobre Adrián (a veces Adán usaba ese nombre en la intimidad, aunque no conseguía recordar el motivo) seguía intentando concentrarse para dar el máximo rendimiento en el panel que ya era pasto de las llamas. Él quería sacar una buena puntuación, se tomaba el trabajillo como un concurso de feria, así que, ajeno al tumulto y los puñetazos, seguía con la mente en blanco y los pulsos en tensión, totalmente relajado.

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