Por su infancia silvestre Adán conservaba casi intactos los radares del hombre primitivo, así que nada más salir a la calle después de fundir el tugurio donde se alquilaba tiempo cerebral se dio cuenta de que alguien le seguía. Los alfilerazos en la nuca y los picores en la espalda indicaban a su red de sensores ancestrales que le seguían dos personas. Como estaba aturdido por el incendio y el tumulto y un poco atontado por lo que había sentido antes de reventar el sistema, no hizo caso de las alertas y siguió caminando sin rumbo. Aunque Adán siempre iba sin rumbo.
Después del 11-S proliferaron las agencias secretas de tal manera que tuvieron que arbitrar un sistema para que los agentes se reconocieran entre sí y evitar las interferencias. El sistema era tan complejo y las agencias tan secretas que lo dejaron estar. Con el paso de los años esa locura barroca y secreta propició que novatos como Snowden o Chelsea Manning decidieran revelar algunos de los archivos que pasaban por sus manos, lo que provocó un caos todavía mayor.
Por eso, en cuanto Adán reventó la maquiladora de cerebros, al menos dos equipos de agentes del mismo bando pero de agencias tal vez enfrentadas se le echaron encima: mientras ellos pugnaban entre sí por capturar al dueño del cerebro prodigioso Adán obtuvo un tiempo extra de libertad para vagabundear por las calles. Incluso regresó al almacén clandestino que acababa de reventar a pedir su paga, o al menos un bocadillo. Pero la policía vecinal (bandas armadas de autodefensa y gentuza que se arrimaba al menor atisbo de trapicheo) se había personado en el local y estaba desvalijando metódicamente lo poco que se había salvado del incendio. Hasta la manguera de fibra óptica se llevaron, y eso que estaba a cien grados. Las pérdidas en Singapur y otras plazas causaron minicracks en cascada y el sistema, que siempre pendía de un hilo, tuvo que refrescar toda la ristra de algoritmos, cosa que se solventó en dos minutos de infarto durante los cuales el mundo estuvo a un tris de una guerra mundial.
Era la hora del medio atardecer; salían seres bellísimos operados por ellos mismos desde dentro: a fuerza de mística fabricaban colágeno, segregaban capas de piel nueva cada dos horas y crecían hasta diez centímetros mientras les duraba el trance. Estos egosantos impactaban a Adán, que era chicarrón y casi plano. La esbeltez de los seráficos mantenía a Adán babeando, sin que acertara a procesar algún hilo de pensamiento, un recuerdo o alguna sensación. Era un ser entregado al destino, resignado a su suerte de hijo del rayo; un soma perdido en los flujos cerebrales de los demás. El mínimo wifi influía en su deambular y le hacía alterar su trayectoria. A veces pensaba que iba a intuir algo, una certeza, la ecuación del mundo evanescente que lo zarandeaba y le hacía sentir que su vida no era suya; pero cuando estaba a punto de atrapar esa fórmula, quizá una frase o un resquicio de verdad, el ensalmo se evaporaba entre sus manazas.
Los esbirros de una de las agencias cayeron sobre él cuando más embobado estaba viendo a las hermosas criaturas del atardecer. Tuvo mala suerte porque esta agencia era de las peores: como iban a comisión, los sicarios intervenían a la mínima sospecha, operaban chapuceramente y si alguien les oponía resistencia o verificaban que se habían confundido de presa, lo zambullían al río atado a una cabeza de semáforo o al primer objeto pesado que les cayera a mano.
A pesar de ser una agencia de clase C, los energúmenos lo sabían todo de Adán: lo del rayo, los años del coma, la amistad con el anciano Gatsby, la renuncia al testamento… Tenían una ficha de veinte folios que para ellos ya era un pasaje a Guantánamo. Ya iban a facturarlo en el primer vuelo clandestino que hiciera escala en la ciudad, cuando otra agencia más sofisticada logró interceptar al patibulario comando. Les pagaron su parte en efectivo y se encerraron con Adán en la habitación del hotel de lujo abandonado que usaban como oficina.
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