Adán geodeslocalizado

Los agentes le dijeron que su cerebro había alterado todo el sistema de alquiler de tiempo cerebral. Había petado los locutorios de medio mundo. Más de un millón de personas estaban donando sus neuronas en el momento en que Adán reventó el invento. Era un negocio fabuloso y la interrupción suponía la pérdida de mucho dinero. Además, había introducido una inquietud en los inversores: si él, que apenas era un vagabundo, había sido capaz de dinamitar el sistema, todo era vulnerable. Tenían que investigar las causas. Entretanto le pidieron que no volviera a pisar un centro de aquellos. Le pagaron las horas y le dieron una generosa propina. Adán decidió llamarse Armand, de repente le pareció más distinguido. Quería dar un cambio a su vida errática.

Los agentes lo trataban con respeto, como si fuera un superior, y él intentaba adaptarse a la nueva escena. Sin comprender nada, lo sabía todo. Pero algo se interponía entre la realidad y su vida. Quería ir a su aire, como siempre había hecho, dejándose llevar por cada momento, por sus oscuras pulsiones indescifrables. Sensaciones corpóreas que le guiaban como una anguila hacia la lata de conservas. Pero la realidad se había vuelto demasiado agobiante, se interponía entre él y su anhelo de no ser nadie, de no hacer nada.

La amabilidad le desconcertaba y le hacía recelar. Descontando al difunto Gatsby, al que Adán adoraba, era el primera vez que alguien se mostraba amable con él. Los agentes habían sido entrenados para ser empáticos y lo hacían a conciencia. Eran chicos con estudios que intentaban ser eficaces y eficientes, ascender en la jungla de las agencias sin recurrir al crimen. En su línea hacia la cumbre, excepto en casos de extrema necesidad, matar estaba mal visto.

Intentaron que Adán aceptara llevar un móvil para tenerlo localizado y concertar una cita. Le dijeron que iba a venir alguien de la central -la Central- para analizar sus “poderes”. Se negó a cargar con el teléfono balbuciendo la excusa del peso. Le dieron una tarjeta de plástico con un geolocalizador. Nada más salir a la calle la arrojó al río y se quedó mirando los remolinos marrones de la crecida buscando un signo que no se produjo. Sabía que le encontrarían de todas formas y él también sentía una curiosidad borrosa por que le desvelaran las habilidades de su cerebro. De momento solo le interesaban los seres hermosísimos que salían al crepúsculo. Algo le impulsaba a buscarlos con desesperación. Pero era tarde: cuando los agentes le dejaron en paz los egosantones ya se habían dispersado por las fiestas privadas y Adán ya no supo dar con ellos. Espantando las palomas apareció un droncico y lanzó un proyectil sobre la tarjeta geolocalizadora que irisaba los rizos del río aguas abajo: hubo una leve explosión y sin esperar más señales Adán se confundió entre la multitud.

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