Adán en las sombras

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Adán o Adrián aprovechó el curso para hacer amigos. Por aquellos días nadie tenía nada que hacer. Se había disipado la moda de ser alguien, de ser algo e incluso de ganar dinero. Los tiempos venían a confluir con su afición a la quietud, su cuerpo dúctil se amoldaba a los escombros y los divanes, la ciudad estaba llena de edificios sin dueño y legiones de desocupados los visitaban como si fueran museos. Las instituciones rechazaban herencias porque tampoco ellas podían hacerse cargo de los impuestos con que ellas mismas los gravaban. Tras el coma Adán se sentía en tierra extranjera. No reconocía las palabras ni las nuevas angustias que devoraban a los contemporáneos. Tuvo que renunciar a pelear porque no encontraba rivales, hasta los más pendencieros se habían dejado ganar por la paz extrema de la derrota, de lo incomprensible. Durante años habían creído que acabarían por comprender qué estaba pasando. Se dieron cuenta de que nunca habían comprendido nada, solo que otras veces había surgido algo que hacer, un entretenimiento o una ocupación para seguir sin mirar atrás. Otras veces no importaba nada porque no tenían tiempo ni ánimos para comprender. Ahora sobraba de todo, el tiempo era infinito y las cosas, dejadas de cualquier manera, se amontonaban por calles y edificios. Coches, objetos, electrodomésticos, televisores, ordenadores, gadgets, pilas, pilas de pilas. Nadie recordaba para qué habían servido esas montañas de cosas inclasificables. Adán o Adrián se subía a un piano de cola en el salón de un edificio municipal y arengaba a los transeuntes, a los desvencijados, a los poetas de una línea. Les hablaba en su oscuro francés de los valles y su letanía monocorde les calmaba las ansias y les concedía el descanso. Tarareaba canciones inventadas, estribillos guturales y cotizaciones de valores cuyos dígitos se habían quedado encasquillados en las pantallas que aún parpadeaban por todas partes.

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