Lo siguiente que hizo Adán fue apuntarse a un curso de facilidades. Era algo nuevo, experimental. El cartel anunciador indicaba que no tenía contenido práctico alguno. Si se apunta a este curso le garantizamos que no le servirá para nada. El título era Utilidad Cero. Adán se matriculó porque pensó que sería el único alumno y que al menos le permitiría distraerse. Lo primero que comprendió al salir del coma era que el mundo estaba angustiado. No se parecía en nada a la orgía que estaba funcionando cuando se le fundió el cerebro.
Se compró un cuaderno y una camisa, se afeitó con esmero y se presentó al curso: estaba lleno de ejecutivos y parados, o quizá ejecutivos parados, o ejecutivos hacia el paro. Al verse entre esa multitud de corbatas y tablets, Adán decidió cambiarse el nombre. A partir de ese momento, y sin saber por qué, se llamó Adrián.
