Una vez que Lomper se hubo serenado a puñetazos y cubos de agua y que el mismo Adán aplacó su bravura disparando rafaguitas por el ventanuco, el sicario se disculpó por las efusiones místicas “pero es que –musitaba aún arreboladas sus mejillas– la veo dentro de usted”
A quién, se encolerizaba Adán.
A Ella, a Marie Sue Velvet, la Santa Ninona de los Páramos, a quién va a ser. Se le transparenta todo, es como si usted fuera un revestimiento o una carcasa…
¡Una impresión 3D!, dijo Adán dispuesto a acribillar al pobre emisario. No sé, dijo Lomper, pero sea lo que sea, Ella está debajo. Yo la veo.
Bueno, dijo Adán guiado por la niña interior, que suplantaba su voz al ver que él no atendía a razones. Ahora explícanos qué es lo que quieres.
El chico relató que el magnate anónimo que compró los derechos de las sélfides le había mandado a buscar a Adán porque el señor Aristóbulo le culpaba de haberse llevado el secreto que las hacía crecer, ser hermosísimas, levitar, etc.
El relato quedó en el aire porque los vecinos volvieron a atrincherarse en su madriguera, tapiaron la puerta con la cama, clavetearon las ventanas y avisaron mediante susurros y silbidos de que venían los de Hacienda.
Adán se quedó tan ancho pero Marie Sue ya había aprendido en sus conversaciones con los pilotos que aquello no era interesante, así que los tres, en dos cuerpos, saltaron por la ventana un poco atropelladamente yendo a caer sobre el mismo furgón blindado y artillado de aquellos que precisamente venían a extorsionarles. En la cabina sólo quedaba un swat, que al oír el estrapalucio saltó despavorido pensando que era una de tantas bombas con las que la chusma solía recibirles cuando veían asomar el temible vehículo.
Al quedarse libre la cabina y la puerta abierta Lomper se puso a los mandos y Adán, siguiendo las instrucciones de su medio ser, Marie Sue, que lo pilotaba por dentro, se sentó al lado mientras el tanque arrancaba en silencio y las balas de los inspectores burlados rebotaban contra su chapa reforzada como si lloviera o tiraran con perdigones. El carromato volaba por las avenidas desiertas: los pocos vehículos que circulaban se apartaban ante el blindado que más parecía una cosechadora diseñada por un loco. Adán agonizaba un poco. La chica interior, que tenía siempre el cerebro a tope de vueltas, consumía en una hora más energía de la que Adán gastaba en una semana. Él se había hecho económico (o ya venía así de fábrica, o por el rayo o por el coma), pero Marie Sue, entre las conversaciones permanentes que mantenía con los pilotos y las vicisitudes del presente acelerado que se abría y cerraba en mil direcciones, necesitaba glucosa, minerales, agua, leche, cacao y avellanas… y Adán, que hacía de soporte físico a la simbiosis, se estaba apagando. Ella lo notaba, y también sentía que le fallaba la acometida eléctrica interior, pues sufría chispazos, lapsus y apagones cada vez más prolongados. Cuando tenía su cuerpo propio ella sabía procurarse la energía, pero ahora… Lo único que tenía claro es que cuanto más demorara la solución más lejos estaría de arreglarlo. Cada minuto se volvía más intenso y alargado que el anterior, se escurrían como chicles grasientos o goma derretida…
Se oyeron unos golpes en la chapa. El sicario Lomper, que disfrutaba conduciendo aquel artilugio monstruoso, miró de reojo, sin mucho interés. Era el conductor que había saltado, que por lo visto había conseguido encaramarse de nuevo al guardabarros o a algún saliente y trucaba con urgencia, ya con medio cuerpo fuera. Ni Adán ni Marie Sue estaban para tomar decisiones, la modorra podía con ellos. Lomper empezó a dar volantazos para librarse de aquel cuerpo extraño que de alguna manera había reptado hasta el diminuto cristal delantero… Entonces se quitó el casco, que salió volando, y Lomper clavó los frenos. Era una amiga suya del barrio: Nancy Gabarre.
Le abrió el portón, la chica fue corriendo a recuperar su casco, se sentó junto a Adán que ya no estaba para presentaciones y arrancaron de nuevo.
Nancy entendió enseguida la situación y le dio a Adán una botella de vitaminas líquidas que le reanimó al instante. Ella se zampó otra media botella y la compartió con Lomper, al que desplazó del asiento del conductor sobre la marcha para pilotar ella misma.
Nancy tenía dos carreras de ciencias y estaba harta de patrullar con los secuaces de hacienda, pero era lo único que le permitía comer y aguantar. Resultó que el furgón blindado era una especie de célula de supervivencia que almacenaba combustible en pastillas de hidrógeno comprimido, superbaterías para mil kilómetros y también alimentos que ni Adán ni Lomper habían visto nunca, como las botellitas energéticas. Lo primero que hizo Nancy fue apagar el sistema de localización y comunicaciones. Al ver a su amigo de la infancia decidió que podría ser un buen compañero para librarse del equipo de extorsionadores públicos, que cada día estaban más chiflados, más angustiados y eran más violentos e ineficaces. Con tanta parafernalia recaudaban menos que un mendigo profesional y no digamos ya un rebuscador especializado.
Avanzaban por las afueras interminables, cuando la ciudad iba mostrando vastos huecos jalonados por antiguas fábricas, algunas abandonadas, otras convertidas en fortines o colonias de autodefensa. Nancy no se atrevía a hablar con Lomper con confianza porque no sabía la relación que su amigo tenía con el extraño sujeto al que le presentó como Adán. Al fin, el mismo Lomper encontró la fórmula de sintetizar el singular binomio que componían Adán y Marie Sue.
¿Te acuerdas de Marie Sue Velvet, Nancy?
Claro, dijo ella emocionada, ¿la has visto???
Está a tu lado. Lomper hizo una pausa mientras su amiga procesaba esa extravagancia y prosiguió: está dentro de Adán…
Vale. Dijo ella sin quitar la vista del ventanuco frontal y de las pantallas del salpicadero. La Santa Niña está dentro de Adán. ¿Dónde vamos?
A las ciudades secretas nucleares, dijo Marie Sue por medio de Adán y añadió, por favor.
Eso lo ha dicho ella, dijo Adán. La voz era siempre la de él.
Busco a mi hermano.
Vamos en buena dirección, dijo Nancy, ¿no?
Sí, dijo Marie Sue.
Un momento, intervino Lomper, necesito pasar antes por mi trabajo. Seré rápido. Nancy orilló el paquebote, que circulaba ya por una autopista o autovía de seis carriles, aunque algunos estaban ocupados por grupos de caravanas, chabolas metálicas con alambradas y huertos con espejos solares de los que sobresalían antenas y toda clase de hierros y máquinas.
El furgón, que avanzaba despacio sorteando estos obstáculos así como alfombras de clavos esparcidas al azar, no dejaba indiferente a nadie. Los habitantes de esa ciudad de carretera no parecían tan asustadizos como los de la ciudad, que huían despavoridos al ver el logo infamante y los colores corporativos de la antigua hacienda. Algunos incluso le plantaban cara, hacían gestos que los ocupantes del furgón ya no podían identificar y arrojaban tornillos y pedruscos, aunque luego iban enseguida a recuperarlos.
Antes de ir a tu trabajo, dijo Nancy, camuflaremos la unidad. ¿Tenéis algo para comprar pintura y silencio?
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Adán/Marie Sue… varios
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Adán/Maríe Sue en el laberinto de los pilotos y el sicario becario
Primer capítulo, antes de que se rompiera el gravitero…
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