Como eran todos muy síquicos apenas hablaban. Mientras camuflaban el furgón, que era lo más urgente, decidirían sobre el segundo paso: ir a ver qué ocurría con las efébidas como proponía Lomper o dirigirse a las ciudades secretas nucleares como pretendía Marie Sue desde dentro de Adán. Nancy, que aparentemente había desertado del comando de hacienda, no expresaba sus preferencias.
Como conocía desde la infancia a Lomper, se podía suponer que daba crédito a su afirmación de que Marie Sue Velvet, a la que ambos habían idolatrado, estaba de alguna manera incluida en Adán. Se presuponía que todos podían traicionarse a todos (excepto Adán y Marie Sue, que eran uno, o por lo menos ocupaban un cuerpo), pero de momento actuaban todos juntos. Adán/Marie no se fiaba de nadie: una gran opresión les anunciaba, a cada uno individualmente y a los dos en común, las peores pesadillas. Intentaban disimular la inquietud extrema que les desasosegaba, pero ya no sabían a qué lado vigilar.
Adán sabía encontrar agua, era una de sus habilidades innatas, así que en cuanto olfateó un arroyuelo les hizo aparcar, preparó unos haces con hierbas y arbustos secos atados con tallos y los iba quemando con cuidado. Los demás, siguiendo sus instrucciones, untaban con aquellos fajuelos malolientes –el arroyo era aceite indefinible o quizá ácido– la carrocería y en media hora borraron los anagramas y los colores y dejaron el vehículo de un color terroso ahumado ya irreconocible.
Ellos también se impregnaron de la pestilencia del engrudo y el humo, y sus rostros quedaron algo tiznados, así que cuando llegaron al edificio donde estaban las diosas efébicas el sujeto que vigilaba la puerta pensó que venían a buscarle desde el averno y levantó los brazos antes de reconocer a Lomper, que más o menos era compañero suyo. El magnate nunca había aparecido por allí y su hombre de confianza, el encargado, había salido a primera hora sin decir a dónde. El único que quedaba, además de las propias seráfidas y el vigilante, era el señor Aristóbulo: lo sorprendieron en las cocinas –aquello era una especie de hotel abandonado– preparando un perolón de caldo con lo poco que había podido encontrar. Se emocionó al reconocer a Adán y se asustó al ver a Lomper, que le había amenazado y agredido unos días antes para extirparle información. Ahora volvían juntos. El esbirro se disculpó, pero el anciano le miraba con recelo y no soltaba el cuchillo jamonero. Aristóbulo, que parecía estar al tanto de muchos secretos y de ciertos mecanismos esotéricos de las realidades, había perdido ya la confianza en su capacidad y actuaba a ciegas, sin pensar, tal como había visto hacer a Adán. Se negó a que vieran a las esbéltidas, dijo que estaban en las últimas y una injerencia las mataría; añadió sobre la marcha que solo permitiría que las visitara Adán, y con la condición de que se comprometiera a hacer algo por ellas, y ese algo solo podía ser rescatarlas de esa tumba. Mientras Adán seguía al anciano hacia el sótano, Lomper le dijo a su ex compañero que se las iban a llevar y que lo mejor que podía hacer era irse. Nancy le encañonaba discretamente, así que el chaval se mostró de acuerdo, pero Nancy lo redujo y lo ató con precintos a una silla tratando de no hacerle daño.
Adán subió llorando del sótano, les dijo que salieran a buscar comida de verdad, fruta y flores frescas. Partieron a tan delicada misión Aristóbulo y Nancy, y Lomper se quedó apostado tras las mirillas. Adán le había dicho al anciano estando Nancy presente que no la perdiera de vista, que era de un comando de hacienda. Aristóbulo cogió un zurrón y sin soltar el cuchillo, largo como un machete, le cedió el paso.
La vida de Marie Sue en la ciudad no había sido fácil. Después de haber sido entronizada y adorada como una santa la olvidaron y se quedó en la calle sin entender nada. En las ciudades secretas no se anotaba la edad de los niños porque pocos sobrevivían, pero Marie Sue calculaba que cuando acabaron aquellos meses en la que las autoridades suplicaban hacerse fotos con ella antes de cualquier reunión, viaje o ceremonia debía tener entre doce y catorce años. Luego todo empezó a derrumbarse, incluyendo la absurda superstición que le atribuía toda clase de milagros y prodigios. Siempre pensó que las fluorescencias, que habían ido disminuyendo con los años, eran producto de la radiación, igual que nacían niños con dos cabezas o toda clase de deformidades, pero nunca creyó que tuviera poderes o facultades especiales. Aquellas súbitas iluminaciones de los huesos, que entonces reverberaban con colores vivísimos –según decían los expertos, “colores nunca vistos”–, le permitieron vivir como atracción de feria y estrella de programas de madrugada.
Nunca admitió la realidad. Hacía lo que tenía que hacer, cumplía los trámites, rellenaba solicitudes, actuaba donde la reclamaban, pagaba sus facturas e impuestos y se retiraba a su vida ensimismada. Pero era como si esas actividades las llevara a cabo otra persona, una vida serie B o una existencia paralela que ella no reconocía ni quería admitir. La vida auténtica de Marie Sue, desde mucho antes de salir de las ominosas ruinas subterráneas donde había crecido, era el espíritu, lo inmaterial o, por lo menos, lo que no sabía definir ni nombrar, que para ella era simplemente lo natural, la naturaleza obvia y primera de todas las cosas, inmaculadas e impolutas.
Se sentía una partícula del universo, una partícula esencial, como lo eran todas las demás. Sabía que si ella fallaba, si no cumplía su misión (que ignoraba pero aspiraba a descubrir algún día), todo se vendría abajo: y sospechaba que ya estaba ocurriendo, pues aunque apenas había conocido otros tiempos u otras costumbres era evidente que todo se hundía. Si cada cual no cumplía su misión, todo dejaba de funcionar pues el mundo que ella percibía no rodaba por inercia sino por un portentoso esfuerzo de voluntad individual de cada cosa y cada bacteria: los planetas inalcanzables, las personas, cada átomo y cada muón, tenían que levantarse cada mañana y hacer su trabajo.
A veces se veía conectada a ese flujo invisible que era el sistema nervioso del mundo, y entonces se sentía querida por ese mundo y reconocida por las otras partículas; estaba en su sitio natural. El universo entero vibraba en su onda. Quizá eso fue lo que vieron en ella los vecinos de la ciudad cuando después del éxodo de meses apareció por la avenida Madison, que conectaba con el horror de aquellas remotas ciudades invivibles. Marie Sue quería pensar que en aquella ocasión la adoraron porque cuando llegó estaba vibrando en las palabras mágicas que sostienen los mundos, porque aquella niña, sin saberlo, venía en una peregrinación de miles de personas que avanzaban a ciegas por el desierto rosado y, con ellas, había atravesado su propia angustia, porque traía algo, quizá una debilísima esperanza, un latido posible. No concebía que se postraran ante ella solo porque sus huesos emitieran luces de colores. Eso podría haberlo conseguido cualquier mago, y de hecho le salió bastante competencia, y muchos la superaban en efectos especiales.
Esa espiritualidad, esa conexión profunda con el pulso secreto y evidente del universo, estalló en millones de fórmulas y teoremas a medida que Marie Sue/Adán se aproximaba a las criaturas hermosísimas en el sótano de aquel antiguo hotel. Ella intuía que toda su vida se había estado preparando para ese encuentro y, al mismo tiempo, era consciente con una nitidez desgarradora de que iba a salir mal, de que algo se estaba quebrando e iba a impedir una culminación que por otro lado nunca había imaginado que fuera posible alcanzar. Intentaba retener a Adán para que no siguiera avanzando hacia las efébidas, le desgarraba por dentro, le causaba auténticos dolores, espasmos que le hacían retorcerse y doblarse, pero Adán iba ya loco hacia sus queridas beldades seráficas, que de alguna manera tiraban de él. Al sentir esos dolores tan violentos que le causaba Marie Sue como si le arañara el esófago un tigre loco pensó que se estaba muriendo (cosa que él pedía en general cada mañana al despertar, aunque sin mucho interés, ya que temía que la muerte solo fuera otra estancia de un ciclo indefinido y aún le daba más pánico) y todavía hizo más fuerza por avanzar, por abrir el portón y ver a las engrélidas, y que ellas le vieran y adivinaran que iba a rescatarlas de aquel infierno.
Marie Sue era solo luz, su cuerpo y las servidumbres del vivir diario eran circunstancias con las que tenía que transigir; pero nunca dejaba que se interpusieran en lo que ella consideraba su auténtica naturaleza, la luz esencial que nunca cesa y que sentía dentro de sí. Atravesada por esa corriente telúrica que a veces la ponía en conexión íntima con los flujos del universo y todas sus criaturas, piedras, partículas, meteoritos, objetos, fórmulas, palabras… podía afrontar las penosas gestiones de cada día sin dejarse rozar por la insidia de la realidad. Marie Sue sentía que cada cada piedra o mota de polvo estaba traspasada por la misma luz que la envolvía a ella; no se sentía única o especial, sino que sabía que formaba parte de esa forma de ser básica –de esa información– que compartían todas las cosas del mundo, o todas las almas que daban hálito y sentido y vida a las cosas aparentemente materiales. Cuando alcanzaba ese trance, esa conexión íntima, Marie Sue sabía ver los hilos luminosos que trenzaban todo lo demás, sus bifurcaciones infinitas y las ilusiones y los sentimientos que mantenían en vilo el universo.
Al notar tan de cerca a las efébidas (en aquel sótano inmundo no se veía apenas) Marie Sue sintió por primera vez en su vida que había varios, o quizá muchos, mundos y que podían convivir, entreverados unos con otros, pero sin mezclarse ni intervenir unos en el devenir de los otros. Incluso podían ser incompatibles, excluyentes, opuestos, reflejos simétricos, especulares… Esa revelación práctica la inundó de repente al acceder al lúgubre dédalo de bodegas donde se hacinaban las criaturas a las que Adán quería devolver el brillo y la vida espléndida con que ellas le habían seducido en otros instantes: le habían cambiado su forma de ser de décadas, un tipo romo, primario y elemental, un tarugo, se había convertido, gracias a esas visiones de las criatúrides, en un ser humano con posibilidades de agarrarse a alguna de las cintas sueltas que aún coleaban al azar de la evolución. Por eso estaba enganchado a las criaturas y volvía una y otra vez al oír su reclamo, el mudo aullido que recorría el mundo destruido, las fábricas desmoronadas, las ciudades sin rumbo, los seres perdidos y los sueños de progreso, prensados y apilados en bloques como coches en un desguace esperando siempre a ser otra cosa.
Al acercarse a las efébidas Marie Sue descubrió que solo había intuido una ínfima parte de los universos posibles, y que su importancia en ese haz de posibilidades infinitas se reducía proporcionalmente una y otra vez, y nunca se aproximaba a su verdadera dimensión, que quizá ya era la misma nada o incluso se salía por el lado negativo, si tal cosa era posible, restando energía a los infinitos mundos. Marie Sue sintió en aquel sótano en el que cada lágrima que goteaba del techo condensaba la materia de una estrella, sintió de una vez y de repente toda su monstruosa megalomanía, y el dolor incalculable que le causaba el comprender que jamás podría acompasar sus ínfulas y sus pretensiones a su auténtico valor en el ranking exacto de los mundos.
Las criaturas habían abdicado tanto de sí que sus gañidos –los que hacían temblar a Adán– sostenían la cúpula celeste. Marie Sue convino que a fuerza de renegar de sus cuerpos humanos las ninfeidas habían llegado a la angelidad. Por desgracia, ese clímax, hasta entonces nunca soñado por humanos, había coincidido con el máximo deterioro de la estructura material que sostenía sus vidas: a estas alturas de espiritualización, ellas apenas necesitaban objetos o bienes materiales; sin embargo, el silencio, un poco de agua no contaminada, glucosa, fruta, flores y un ambiente aislado donde nadie pudiera importunar sus ensimismaciones, se habían convertido ya en lujos inalcanzables no solo para los escasos recursos del atribulado señor Aristóbulo, sino para cualquiera que no dispusiese de una organización poderosa y disciplinada. Aristóbulo cedió a vender los derechos a un magnate invisible, siempre representado por un espectro o avatar llamado el Administrador, a cambio de la garantía de que ellas podrían disfrutar de esas mínimas condiciones de supervivencia. Tal como Adán/Marie Sue podían percibir, las pobres efedrináceas agonizaban en aquellas galerías del averno.
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Primer capítulo a punto de desaparecer
