Adán/Maríe Sue en el laberinto de los pilotos y el sicario becario

Alguien buscaba a Adán para que devolviera el secreto de las efébidas, que habían sido compradas por un magnate en la sombra. Este emisario acusaba a Adán de haberse llevado un secreto indefinido, quizá una frase o una palabra misteriosa capaz de levantar nuevas realidades, mundos recién salidos de la aparente nada sobre la que flatuleaban las seráfidas. El sicario estaba entrando en el inmueble donde se habían guarecido Adán/Marie Sue.

Marie Sue se abismaba cada vez más en las conversaciones de los que estaban o habían estado en coma. Ellos mismos no reconocían esa palabra con que los despiertos, los vivos en general, simplificaban un estado entre la vida y la muerte que nunca habían entendido y que les desbordaba. Los que estaban en coma se aplicaban a sí mismos un sinfín de palabras –ausentes, presentes, navegantes, argonautas, viajeros– que nunca habían gozado de la anuencia general. Esta cuestión del nombre se había venido arrastrando durante la milenaria historia de la comunidad siempre creciente (al emerger del coma por cualquiera de los dos lados seguían manteniendo el contacto y las relaciones) hasta que, poco antes de la llegada de Marie Sue, dieron con un término que enseguida obtuvo un beneplácito unánime: piloto. El campeón de formula 1 Michael Schumacher, que había sufrido un accidente esquiando y había sucumbido a las profundidades del coma inspiró la palabra con la que todos parecían sentirse identificados y orgullosos: piloto. Cuando Marie Sue (como parte de Adán) empezó a relacionarse con esta comunidad reinaba un alboroto cercano a la euforia: una mera palabra les proporcionaba una gran autoestima y les invitaba a explorar nuevos horizontes hasta entonces solo vagamente intuidos.

Hasta que acuñaron la palabra se debatían en un estado en el que la nostalgia de la vida y la seducción de la muerte tironeaban por ambos lados, y esa doble tensión les condenaba a estar en una interinidad desasosegante.

Los que habían regresado a la vida y mantenían el contacto con sus antiguos compañeros aprovechaban para hacer negocios, establecer relaciones e intentar influir en la marcha de una realidad que ahora podían ver también desde ese otro lado; para ellos era una realidad más poliédrica, más adictiva. Algunos estudiosos achacaban a esa promiscuidad (para ellos aberrante) de los que habían salido del coma todos los desarreglos y alteraciones que venía sufriendo el mundo, que a esas alturas ni siquiera se podían enumerar o catalogar, pues los criterios ya eran tan vastos como los elementos o las individualidades, si es que tal cosa existía, pues todos eran conscientes de que chapoteaban en un magma del que apenas eran terminales.

Marie Sue intentaba explicarle a Adán las ventajas de este ultramundo de los pilotos en el que ella, a pesar de ser una advenediza, se desenvolvía y era aceptada como un miembro más. Pero Adán no quería saber nada y porfiaba por olvidar: tan perdido se sentía en la hiperrealidad básica en que se descomponía el mundo habitual, que todo lo demás le resultaba un exceso. No entendía nada y, lo que era peor, ni siquiera podía limitarse a vivir, a dejarse vivir, como había hecho hasta entonces, o al menos eso creía, aunque a veces ahora también dudaba: sospechaba que su vida estaba siendo vivida o jugada desde otra instancia, que él era un mero avatar o una presencia intermitente. El último indicio era la revelación de Aristóbulo cuando le dijo que él, Adán, era una impresión 3d moldeada con retales de software de ocasión.

Marie Sue se adentraba más y más en el insondable mundo de los pilotos. Discretamente buscaba a su hermanito al que en su interior llamaba Grosbelin. Ella emitía inaudibles sondas tenaces y sembraba aquellas penumbras superpobladas de gente con sus maullidos: Grosbeliiin, Grosbeliiin. Estaba segura de los ecos de su búsqueda acabarían por hallar respuesta.

A Adán también le perseguía Hacienda, o lo que quedaba de ella. Según algunas estimaciones, en la mayoría de los países el poder del Estado había quedado reducido a un treinta por ciento, aunque lo único cierto era que más allá de la experiencia directa nadie sabía nada de cómo funcionaba el mundo, incluyendo los respectivos estados u otras estructuras tradicionales que habían sido desbordadas y disrupcionadas. La antigua Hacienda apenas controlaba a un cuarto de la población, pues la mayoría hacía años que de una u otra forma había conseguido desaparecer de las listas y las bases de datos. Lo que quedaba del antiguo Estado se dedicaba a extorsionar a los incautos que todavía no habían podido librarse de ese yugo y que, precisamente porque eran los más desvalidos, bien poco se les podía sacar. Adán, que nunca se había preocupado de nada (“nada” se le aparecía a él mismo a menudo como anagrama de “Adán”) era uno de los que todavía quedaban en esas listas como rémoras vivientes. Se había librado del acoso sistemático porque, excepto en los años que vivió con el anciano Gatsby, nunca había tenido  domicilio fijo, y jamás atendió a las intimidaciones y amenazas de los múltiples organismos oficiales que pugnaban entre sí por rebañar el plato. Pero tras haberse empleado en la residencia de las esbélticas y haber reventado la granja de cerebros, su rastro volvía a estar en los ávidos radares de las bandas de exaccionadores, que ahora merodeaban por las callejuelas y pasadizos de la ciudad vieja con su foto en las pantallas. Al que no conseguían cobrarle en especias o en una de las innúmeras monedas que circulaban esos días lo obligaban a trabajar como esclavo y, si tenía suerte y era aplicado, o de familia conocida, terminaba formando parte de las propias entrañas de ese organismo que, como todos, luchaba a muerte por llegar al día siguiente.

Pero el primero que encontró a Adán fue el esbirro enviado por el magnate que al parecer había adquirido los derechos de las efébidas. Tras presionar al señor Aristóbulo, antiguo administrador de la casa, el pobre hombre había delatado a Adán porque pensó que era la única forma de atraerlo a la lóbrega prisión donde se consumían las criaturas seráficas. Aristóbulo, en su desesperación, pensaba que el dócil gañancico, que había idolatrado a las mirindas, sabría hacer algo para liberarlas del cepo del malvado mecenas que a fuerza de quererlas exprimir en sus turbios negocios estaba a punto de acabar con ellas, que basaban su éxito en la pureza.

El esbirro, que se presentó como Lomper, explicó a Adán sin dejar de encañonarle que se había endeudado para sacarse dos mbas y que por eso, eventualmente, tenía que oficiar de sicario, profesión en la que no se desempeñaba mal, hasta el punto –dijo– de poder ofrecer sus servicios a distintos clientes, inclusive enfrentados o rivales, siempre que no fueran enemigos irreconciliables, ya me entiende.

Balbuceaba Lomper esta presentación como si fuera candidato a una de aquellas ruedas infamantes que se celebraban en tiempos a modo de entrevistas de trabajo, sin levantar los ojos de sus zapatos. Parecía no darse cuenta de que Adán retrocedía muy despacio, sin duda dispuesto a arrojarse por la ventana antes que aguantar semejante monserga o, peor aún, recibir alguna ráfaga de la metralleta que empuñaba con evidentes temblores el becario que hizo una pausa para coger aire, rendijó los párpados y al ver que los brazos de Adán, fuera por la tensión o por la hora, irradiaban los fulgores que solía emitir Marie Sue, cayó de rodillas a sus pies y comenzó a implorar una bendición o un ensalmo:

-Oh, la Santa Ninona, alabado sea su nombre, bendice a tu siervo. Amén.

Esta prosternación descolocó algo a Adán, que vaciló un segundo antes de desnucar al converso que seguía implorando bendiciones y sahumerios pero no soltaba la automática. Ya bajaba el puño letal cuando Marie Sue intervino in extremis frenando el golpe desde dentro, lo que obligó a Adán a sacarse la rabia dándose un cabezazo violentísimo contra la pared del chamizo con lo que los vecinos empezaron a disparar a lo loco en su cubículo. Las balas atravesaban el tabique limpiamente y Adán, enriquecida su percepción por las cualidades de Marie Sue, o quizás por efecto del testarazo, veía pasar los proyectiles tipo Matrix mientras el sicario Lomper disparaba enloquecido con una mano sin dejar de persignarse con la otra hasta que Adán, con los brazos y los muslos casi en llamas, le dio una bofetada, le quitó el arma y poco a poco se fue espesando el silencio y ambos cayeron exhaustos en el sofá. Los vecinos, una familia de siempre, tocaron con los nudillos a disculparse y a ver si había heridos y entonces Lomper sacó una botellita de agua del Carmen y antes de dar una pipada se la ofreció a Adán, que rehusó. Marie Sue le explicó a Adán rápidamente que cuando ella llegó a la ciudad la gente la confundió con una aparición divina debido sus fluorescencias súbitas o a la necesidad que tenían de un milagro, y que quizá aquel chico, al adorarla, estaba recordando o reviviendo un episodio de su infancia, pues de aquello hacía por lo menos diez años. Marie Sue dejó claro enseguida que para ella fue un trance delicado si bien el sentirse adorada y reverenciada incluso por las autoridades –la alcaldía le puso un piso– tuvo su encanto, y más viniendo de donde ella venía, que era peor que ninguna parte. Mientras Adán recibía esta info por vía interior –en tiempo cero– Lomper el sicario no acertaba a explicar la causa de su devoción, y ya sería bastante prodigioso que hubiera reconocido a Marie Sue Velvet solo por los efluvios de sus miembros, siendo que ella estaba embuchada o empotrada en el cuerpo de Adán, el cual se estaba poniendo nervioso ante las renovadas genuflexiones y miradas corderas con que le adoraba de nuevo el rufián.

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Los hechos cambiaron en el futuro tras ver cómo habían sido relatados

Lo que obligará a cambiar también el relato

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Siguiente:

Adán/Marie Sue, Lomper y Nancy, en el furgón blindado

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Anterior:

Adán & Marie Sue pasados en llamas

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Primer capítulo

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