Me aceptaron por amistad, aunque no recuerdan de quién, y después ya fui medrando en el pasillo del fondo, que era lo que más me tiraba porque había una máquina de realidades, de aquellas que sacaban hologramas que podías tocar y hasta elegir el olor. Prefería el pasillo de la máquina del café, pero al fondo estaba la puerta de cristal esmerilado -la última, quizá- donde se decidía lo que iba a pasar ya para siempre, o casi
Te comento — Quién tuvo la idea
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