A Adán le perseguía su pasado, también el inmediato. El de hace dos días, el presente, ya disuelto antes de ocurrir. Le perseguía el futuro.
Le acusaban de algo indeterminado en la residencia de las Nereidas. Algo relacionado con que Adán pudo haberles robado su secreto íntimo.
Estas asechanzas le llegaban como alfilerazos y picores, pero él las descifraba enseguida, un poco a ojo, por la costumbre de interpretar los rañidos y las raspaduras que enviaba el mundo indescifrable.
Ahora Adán era dos personas en una: aunque eso era lo que menos entendía, era lo único evidente. Algo era algo. Los terrores y los recuerdos de la niña Marie Sue Velvet, su mitad celular, formaban parte de los suyos, pero al mismo tiempo eran nuevos y tenía que dedicarles tiempo, lo que nunca había en este mundo que se disipaba y se desvanecía nada más nacer. Todo era efímero y crudo, todo voluble y cambiante, todo era nada siempre, a gran velocidad atascada.
María Sue Velvet había perdido a su hermanito pequeño en el éxodo desde los playones radiactivos bajo los que había nacido. Una multitud había salido de las antiguas ciudades secretas nucleares donde ya no quedaba nada que comer, y en esa peregrinación desesperada a Maria Sue se le aflojó la mano y ya no pudo encontrar a su hermanito. Lo peor -siente Adán- es que el niño se quedará atrás, perdido en el medio metro de neblina rosácea que durante kilómetros o días interminables tuvieron que atravesar los fugitivos para llegar a esta ciudad donde los servicios municipales, cuando los había, disipaban los efluvios con mangueras de aire a presión. Aquellas nieblas densas como caldo cuya procedencia nadie sabía explicar se levantaron sin motivo aparente y ya nadie las recuerda, excepto Marie Sue Velvet y ahora Adán, que no saben si el niño se quedó bajo los velos tenaces o alguien se lo llevó.
El hermanito extraviado era un niño que ahora también formaba parte de la veloz película interior de Adán, de los tres vagabundos que pululaban sin rumbo por la ciudad sonámbula.
Cada persona solía llevar consigo a otras muchas, pero ahora estaban vivas, ocupaban sitio físico, moléculas del niño perdido, tiempo/espacio, rañidos y relámpagos, pensamientos, emociones nuevas, todo en marcha, acelerándose en grumos y redes cada vez más apelmazadas. Ansiedad mundial en medio de una calma atroz. Los olivos era lo único que había sobrevivido en los parques, sus hojas como flechas de plata.
Maríe Sue recibía el turbulento pasado de Adán, cosas que él había sepultado bajo montañas de escombros, rutinas y distracciones. La niña asistía a fragmentos deshilachados de una vida atrabiliaria. Y también a las confidencias y conversaciones de los que estaban o habían estado en coma profundo, que se comunicaban entre sí en un lenguaje sin palabras, directamente de cerebro a cerebro, en el magma de conexiones que era el aire. Adán conseguía ir taponando ese flujo insoportable de vidas que se le introducían en los hilos ya caóticos de su consciencia. Pero Marie Sue, que las recibía por primera vez, se entretenía departiendo con el piloto Schumacher y con otros comatosos cuyas vidas habían pasado a otras dimensiones insondables para los que nunca habían perdido ese vínculo con el mundo externo. La niña escuchaba fascinada esos nuevos horrores que al menos la alejaban de los suyos: su infancia tenebrosa bajo la costra donde un día estuvo el mar, su obsesión por no perderse en los dédalos de túneles siempre repletos de muchedumbres con linternitas en la cabeza, la esclavitud de sus padres, apenas unas sombras asustadas bajo las luces pálidas y las alarmas por la radiactividad, su hambre ya olvidada.
Con estos fantasmas cargaba el equipo mixto; la nueva criatura avanzaba retorciéndose de angustia. Apenas les quedaba energía en sus cuerpos fusionados…
Y sin embargo seguían, sin saber a dónde iban ni qué querían hacer; contra todos los criterios y las normas, tanteando los azares y las esquinas… seguían viviendo, o eso creían.
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____ Primer capítulo
