Adán era dos personas en una: la niña Marie Sue Velvet y él mismo tal como se recordaba en el instante anterior. Su aspecto físico -si es que tal cosa podía existir o ser mencionada- seguía siendo el de siempre, un homúnculo vulgar como tantos miles que en esos días vagaban por las ciudades sin nombre. Por dentro se sentía doble: las dos criaturas formaban una unidad se supervivencia, acaso -quería pensar en este momento de euforia- un ente invencible. Habían salido vivos de la encerrona cuántica, o eso parecía, pues todo volvía a ser como antes, como en la última versión de lo que tenía -o tenían- por normal.
La apariencia era la de Adán, pero los huesecillos reflectantes de la niña incandescían a veces, aparentemente sin control, y el fulgor atravesaba las capas de ropa que se había echado encima: había vuelto el calor pegajoso y el aire estaba impregnado de invisibles partículas de grasa que a veces penetraban como aguijones en la piel.
A medida que se adentraba en la jungla de cuerpos y objetos que merodeaban por los callejones Adán se sorprendía con otras manifestaciones que él no reconocía como suyas y que atribuía a la niña con la que compartía su antiguo cuerpo: súbitas miradas de dulzura con relámpagos de ferocidad; ciertos gestos automáticos para esquivar a los bultos humanos que iban zarpeando a ciegas; una sensibilidad a los olores que le permitía anticipar situaciones o peligros con los que antes se topaba como inminencias ante las que ya no era capaz de reaccionar…
Pero no había demasiado tiempo para averiguaciones porque la muchedumbre volvía a agitarse insensiblemente; al principio era algo vagamente sísmico, una inquietud, una zozobra de miradas, algunos codazos, lúgubres silbidos… los helicópteros artillados volvían a moscardonear sobre las plazas y las avenidas abiertas. Las multitudes se refugiaban en la ciudad judía o salían a los espacios abiertos dispuestas a recibir lo que el cielo, el gobierno o las bandas tuvieran a bien enviar en ese momento. Esta vez los helicópteros empezaron a esparcir las ansiadas bolisas blancas, como palomitas flotantes que el gentío cazaba del aire o recolectaba del suelo para alimentarse; lo llamaban el maná y nadie sabía ni se preguntaba quién se tomaba la molestia de rociarles con semejante nevada gratuita. Aunque los copos eran todos blancos, los había de sabores diferentes: pollo, curry, mostaza, dulce, salado, salami, cacao, café… Algunos de los charlatanes que peroraban aupados en tenderetes lanzaban terribles advertencias sobre estos presentes; decían que alteraban la conciencia, que adormecían y atontaban y que ingerir una sola partícula de maná inducía a someterse a las consignas cifradas que propalaban los altavoces de los helicópteros; pero algunos de esos augures se las zampaban a puñados.
El primer impulso de Adán fue salir corriendo al centro de la plaza y competir con infantil alborozo por enganchar montones de copos: los disputaba repartiendo alegres mamporros, más por alimentar a la niña y hacerla reír con los lances del juego que por acaparar. Él mismo no supo explicarse su actitud cuando, al encontrar en el suelo un canto rodado, quizá una esquirla de adoquín del propio pavimento, sin perder un segundo, con un giro de hombro inopinado, lo lanzó hacia el helicóptero cuya tolva dosificaba el gránulo mientras un esbirro con las piernas colgando sonreía amartelado en el mudo cañón de la ametralladora. Quizá fue -pero eso lo pensó una milésima después, cuando el aparato, girando loco, se venía encima de la multitud- un automatismo de su vida pastoril, cuando arrojar pedradas certeras y silbar más rápido que el viento eran gestos elementales de supervivencia. Pero enseguida empezaron a disparar y hubo que correr a guarecerse en los porches mientras el amasijo ardía y petardeaba y los más osados se afanaban por desvalijarlo y arramblar con las piezas que habían brincado al esclafarse.
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