Adán al servicio de las Nereidas

Consiguió encontrar a los seres beatíficos que alcanzaban la hermosura por la vía interior. Mimando la mente perfeccionaban su cuerpo hasta límites nunca vistos. Adán comprendió que las agencias secretas iban a por él y se ofreció a las criaturas estelares como chico para todo: jardinero, mozo de cuerda, cocinero, guardaespaldas, portador de bolsas y objetos, abretaxis… Enseguida se hizo imprescindible. Las criaturas seráficas, entregadas full time a la perfección, no podían permitirse ni un segundo de despiste: si aflojaban en el ensimismamiento místico se cuartearían como hojaldres al sol. Entes tan sublimes requerían un ejército de contables, secretarios, asistentes… Adán abrazó la mayordomía como una bendición.

Viviendo y sirviendo entre tanta hermosura, Adán estaba todo el día enamorado. Platónico se quedaba corto, pues el ambiente de la mansión ocupada por las nereidades era puro espíritu: su mayor anhelo era la transparencia, hacerse traslúcidas y dejarse atravesar por el sol. Así como los neutrinos se pasean sin impedimentos por el vasto universo, las ninfas androides aspiraban a la simplicidad que les permitiría abolir el tiempo y las cosas. El primer accesorio superfluo que eliminaban de sus vidas estos entes miríficos era el sexo, pues consumía muchos recursos.

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