Adán, casi a punto del edén alveolar

Cuando tenía que salir al exterior, al jardín o a la calle, Adán miraba siempre al cielo esperando al dron que iba a dispararle. Las Nereidas creían que esta elevación ansiosa era por su naturaleza espiritual, y le distinguían con leves roces de sus cuerpos intangibles. Esta deferencia inundaba de gozo al tosco gañán.

Los días en la residencia de las éfebas se sucedían en una dulcísima armonía. Viendo que Ailán (ese era el nombre que Adán había improvisado para ellas) encarnaba lo contrario del ideal que perseguían, habían llegado a profesarle la tímida admiración que atrae a los opuestos e incita a orbitar a los electrones. Las edénicas se esmeraban en la belleza interior como vía para suscitar la perfección de los cuerpos, de manera que la única forma de verificar su virtud era la inmarchitabilidad de la piel, la ingravidez de la mirada, el prístino alvéolo y otras métricas que no desvelaban a nadie pero que Adán (Ailán) aprendía a descifrar en la sensual penitencia de las horas. Así, dedujo que la levitación era una de las fórmulas que practicaban en secreto para elucidar la jerarquía.

Sin embargo, en el homínido básico ellas reconocían al rival espartano que algún día podría disputarles la supervivencia.

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