Palabras de José Luis Melero en la inauguración de la Biblioteca Pública Municipal Félix Romeo en Zaragoza

Mi amigo el librero de viejo Inocencio Ruiz, cuyo nombre lleva la Biblioteca Pública Municipal de Santa Isabel, me lo repetía muchas veces: “Cuando una biblioteca se abre, una cárcel se cierra”. La frase (que él atribuía a Concepción Arenal, aunque yo también la he visto otras veces adjudicada a Víctor Hugo) tiene su miga. Nos habla, claro, de que las bibliotecas son espacios de libertad, de cultura, instrumentos para hacernos más libres y mejores. El que lee aprende a pensar por sí mismo, a tener ideas propias sobre las cosas. Y a la vez conoce lo que piensan los demás y eso le lleva indefectiblemente al respeto y a la tolerancia. No en todos los casos es así, claro (Hitler tenía una buena biblioteca y no fue al parecer un mal lector). Pero sí lo es en casi todos los casos. De ahí la importancia de las bibliotecas como lugares donde los libros (y ahora, de acuerdo con los nuevos tiempos, también los medios audiovisuales y demás vehículos transmisores de cultura) representan la victoria de la civilidad frente a la barbarie, de la urbanidad y el buen gusto de quienes deciden utilizar sus servicios frente a los que aún no han descubierto el placer de leer, el placer de vivir otras vidas y otras experiencias. Porque los libros logran lo que parece imposible y hacen que podamos viajar a la Rusia soviética de los años de la Revolución de la mano de viajeros como Pla, Gide o César Vallejo, que nos embarquemos en un barco ballenero con Melville, que visitemos el Rif y la guerra de África guiados por Sender, que recorramos los mares con Conrad, que conozcamos la Zaragoza de los Sitios leyendo a Galdós o, simplemente, que nos emocionemos con los versos de Miguel Hernández, las películas de Billy Wilder o las canciones de Silvia Pérez Cruz o nuestro añorado Labordeta.

Las bibliotecas son hoy esos lugares de aproximación al ciudadano donde éste encuentra el modo de satisfacer sus necesidades culturales, donde se presentan libros, donde se montan exposiciones y se organizan actividades sin otro interés que el de cumplir un servicio público, el de trabajar por el bien de todos. Las bibliotecas son hoy, por tanto, una de las mejores manifestaciones del estado del bienestar, tan tambaleante en estos tiempos. Que en este barrio se abra una nueva biblioteca es una gran noticia para todos y una prueba de que, aún en momentos difíciles, el sistema, al menos en esto, todavía funciona.

Que esta biblioteca, además, lleve el nombre de Félix Romeo es un acto de justicia y un motivo de satisfacción para todos los que lo quisimos, para sus familiares, para sus amigos y para todos los que conocen la importancia capital que Félix tuvo en la cultura zaragozana y aragonesa de los últimos veinte años.

Entre los muy buenos, Félix era el mejor. El mejor amigo, el mejor polemista, el mejor lector, el mejor escritor…, el mejor de todos. Tuvo el corazón más grande y en él cabíamos todos: sus padres, sus hermanos, sus innumerables amigos, los hijos de sus amigos… En ese corazón cabía Zaragoza entera, a la que amó con pasión desbordada, la literatura entera (uno siempre tenía la sensación de que lo había leído todo), la vida entera. Lo queríamos más que a nadie, porque detrás de ese aspecto arrogante de luchador de sumo, detrás de esa personalidad arrolladora que lo convertía a veces en un tsunami implacable, se escondía el hombre tierno y cariñoso, el hombre entrañable que amó la vida como ninguno. Nos enseñó mucho de lo poco que sabemos, porque su cultura, su inteligencia prodigiosa, su afán por saber y aprender lo iban a convertir en un fuera de serie, en un auténtico número uno, en un portentoso escritor que acabaría dejando poca obra, pues prefirió siempre la vida a la literatura. Buscó la felicidad desesperadamente. No sé si la encontraría, pero lo que sí sé es que él la repartió a manos llenas entre todos cuantos lo quisimos y que nos dejó con su muerte un vacío tan hondo que aún no hemos podido llenarlo.

A Félix le hubiera gustado mucho que se diera su nombre a esta biblioteca. Y le hubiera gustado mucho por tres razones:

Primero por su pasión por los libros. Félix amó los libros como pocos, los buscó, los recogió y los leyó con bulimia, recorrió rastros y almonedas, formó bibliotecas allá donde estuvo y transmitió ese amor y esa pasión por los libros en muchos de sus textos. Si algo tenía que llevar su nombre, era sin duda una biblioteca.

Segundo por ser ésta una biblioteca nueva. Félix hubiera preferido siempre que se le diera su nombre a una biblioteca recién creada que a una que llevara muchos años y que oliera a rancio y a naftalina, aunque tuviera mayor pedigrí y pasado ilustre. A Félix le gustaba lo nuevo frente a lo viejo, porque le gustaba más la vida que el pasado, el hoy que el ayer, las nuevas ideas que nos hacen avanzar más que el regodeo en los logros pretéritos. Por eso, la creación de una nueva biblioteca hubiera sido para él una gran noticia.

Y tercero porque esta biblioteca está en una zona de expansión de la ciudad. A Félix, que tanto amaba Zaragoza, le entusiasmaba recorrer la Zaragoza periférica, la nueva Zaragoza que nacía, los nuevos barrios que se formaban, y él, que no conducía, nos hacía a sus amigos llevarlo con el coche a recorrer esa Zaragoza del siglo XXI. Cuántas veces lo hizo con Mariano Gistaín (que me contaba que muchas veces eran los únicos que paseaban por aquí entre medio de las obras), con Ismael Grasa… Por eso le habría gustado mucho que la biblioteca que lleva su nombre esté en Parque Goya y no en la Avenida Goya.

Hoy es un día muy importante para la ciudad de Zaragoza. Recordar a sus hijos más ilustres no es sólo una obligación de justicia sino un deber de gratitud. Por mucho que esta ciudad haga por Félix nunca le devolverá ni la milésima parte de cariño que él le entregó. Pero bueno es que todos comprendamos que homenajeando a Félix Romeo los que más ganamos somos los zaragozanos que le sobrevivimos: haber tenido un conciudadano así y decidirse a recordarlo y honrarlo, es demostrar que Zaragoza está a la altura de los que se fueron, y que los zaragozanos de hoy nos merecemos el lugar que ocuparon los mejores, los más ilustres, los más distinguidos de sus hijos. El lugar que ocupó el gran Félix Romeo.

José Luis Melero

Foto de Javier Torres.

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Queda inaugurada la Biblioteca Pública Municipal Félix Romeo de Zaragoza

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