Poderes repartidos exigen nuevas actitudes y nuevas aptitudes, pero nadie imparte formación para adquirirlas. Quizá la primera es la humildad. Pensamos que la formación sirve para convertir albañiles en informáticos. Pero los líderes son los que más la necesitan. La soberbia es inherente al cargo: por tradición democrática, viene de serie. La prepotencia va implícita en el rango. Por lo que sea, esto ha sido así durante años. Luego, todo ha reventado y estamos en un limbo cuya característica más nítida es la deuda, o la falta de recursos: lo que se pone en un sitio hay que quitarlo de otro. Quizá la soberbia y la prepotencia de los cargos provenía de que durante unas décadas sus recursos (que no eran suyos) parecían ilimitados, pero ya no lo son. En este limbo los cargos, incluso cuando aún no lo son (o son interinos) conservan ese aire de poderío rancio y prepotencia que son residuos (tóxicos) de la época anterior. Puro lindano. Al abrir el melón de esa época en la que el país salió del tercer mundo y se asomó al primero, resulta que estaba podrido hasta la última pepita. Esa certeza, que se hace más evidente cada día, ha quebrado el tenue consenso práctico y emocional. El sistema antiguo, el melón, se niega a reconocer esta obviedad y propone curar la infección aplicando una tirita y un logotipo pero hay demasiada gente que pide sajar. Unos y otros y todos debemos ir a formarnos también en humildad.
-
(Columna de la semana pasada en Heraldo de Aragón)
