Las elecciones son lo mejor. Traen el frescor de los datos, la exactitud. Lo más parecido a la realidad.
Las elecciones dan una idea de dónde estamos, qué pensamos, qué nos pasa.
La idea más aproximada, el método más científico.
Las elecciones son analógicas y requieren grandes preparativos, tiempo, dinero…
Podrían ser digitales. Podrían ser más frecuentes, más sencillas.
Hay que avanzar en las votaciones desde el móvil.
La rapidez -la inmediatez- solo ha llegado a las finanzas. En ese ámbito nadie la cuestiona. Las operaciones se hacen en milésimas.
La frecuencia es el reto de la democracia.
Ahora hemos de esperar otros cinco años para votar asuntos relacionados con la Unión Europea. Es de risa.
Este desfase -este atraso, interesado- supone el fin de la democracia: explica que gobiernen organismos que nadie ha elegido. Imperan conceptos dictados por una banda que opera en la sombra.
Explica también la irrelevancia de los medios de comunicación.
