Vida letal sana

La prisa mata el amor. Ya ni relojes quedan. La hora se ha interiorizado; el tiempo se ha hecho carne que se devora a sí misma. La prisa en Japón. La prisa en Corea del Sur. La prisa en Hong Kong. Parece una canción de Manu Chao. Parece una jota de La Bullonera. Parece un poema de Miguel Labordeta, olvidado presente: Miguel suele pasear por Independencia con su traje blanco y las gafas de sol, del brazo biónico de Julio Antonio Gómez, el Gordo, y la banda del Niké, resucitando siempre por sus poemas y sus revistas insomnes. El tiempo se ha comido a sus hijos como un Saturno de Goya abuñuelado. Estamos en tiempo de descuento, entre esto y lo otro y lo de más allá, siempre a punto de algo y a medias de todo rozando el larguero de la nada. En Tokio no queda amor. Los robots, para ser humanos, solo necesitan angustia y una punta de ansiedad máxima. “Repris” ya no se usa. Prisa por nada. Hasta para correr hay que ir corriendo. Que no llego. Ay que no llego a nada. Ay hoy uf. Cenar poco o nada, comer menos y poco, beber agua, inhalar aire puro de gas oil, correr para descansar, pastillas para protegerse de las píldoras. El que repudia la inmortalidad es porque no la ha probado. Hay que hacer ejercicio hasta el último suspiro. Pero sin perder tiempo. No vaya a ser que se pase. Ya alargan los days. La lluvia hace nieblas, queman los rastrojos y desfilan las cuerdas de presos de postín: Bigotes, Crespo, Correa. A pesar de los diáfanos emails el Banco de España respalda a sus imputados corporativos: haciendo marca. El lenguafuerismo se nos lleva.

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(En  Heraldo de Aragón)

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