Urdangarín: viaje en el carretillo del Museo de Cera

El Museo de cera trasladará la figura de Urdangarin al área de deportistas

El Rey se ha quitado las gafas, con lo que se clausura el primer episodio del caso del yerno Urdangarín. España desafía con estos relatos el guión global de la crisis y proporciona contenido alternativo al que proponen las agencias de calificación de riesgo, los mercados y las bolsas: contenido autóctono, incluso castizo, ante los relatos globales y las ficciones norteamericanas.

La caída de las gafas, en esta narración de gestos y estampas, simboliza la lucidez: el Rey reconoce los manejos de su yerno y se quita la venda/antifaz con la que se ha cubierto –encubierto– durante estos días y años: la Casa Real asume que el destierro en Washington, que era el castigo familiar, feudal, no ha sido suficiente.

El comunicado regio, por medio de un portavoz, dice que la conducta el yerno no ha sido ejemplar. El Hola! ya ha reproducido estas declaraciones (y la foto y frases del abogado). Pero lo más importante, los hechos, es que no han quitado al yerno de la foto de familia en la web oficial: la familia sigue unida. (Habrá que ver que ocurre en el Museo de Cera: recuérdese cuando retiraron a Jaime de Marichalar –en efigie– sobre un carretillo; primero a la zona de los toreros y luego, cuando se hizo firme el divorcio, al almacén, donde aún debe de estar).

Ante la irrelevancia del Estado, la monarquía debe multiplicarse como proveedora de contenidos, símbolos, gestos y relatos. Algo que llevarse al ascensor. Algo con que trasegar este tiempo desolado en el que los protagonistas son señores invisibles, gestores remotos. Las elecciones han transcurrido como un trámite, y no solo porque se supiera el resultado, sino porque el nuevo gobierno ya traía la agenda marcada por ese nuevo ejecutivo global que ahora dicta y dispone lo que hay que hacer; es un gobierno disperso, repartido entre diversos organismos evanescentes, mutantes y difusos que se turnan para ir claveteando el ataúd del Estado, un zombie. Para suavizar este horror vacui, este tránsito desde la soberanía a la deuda soberana, queremos personalizar en la señora Merkel, pero es un paliativo, un truco de apariencias.

En este vacío de Estado la monarquía tiene que duplicar sus esfuerzos para echar contenido a las conversaciones porque el tema verdadero, el cataclismo histórico que nos tsunamiza, es impronunciable. A falta de nieve, tenemos al yerno, que no deja de ser una historia de familia, con personajes reales (por partida doble) y presunta liviandad moral. No es una historia ejemplar, pero es una gran historia para sobrellevar la angustia de la España intervenida.

Actualización:

A media tarde El País publica que el Museo de Cera “trasladará” a Urdangarín a la zona de deportistas. Más vale que no se confirme, o que se rectifique. Solo de ver el traslado infamante de Marichalar en el carretillo del museo ya se pone la piel de gallina (parece sacado de una novela de Javier Tomeo). El traslado es el paso previo al temible destino final: el almacén. Además ¿qué dirán los deportistas?

La Casa Real tendrá que homologar las medidas disciplinarias en efigie. Si se confirma el carretillo, deben apear al yerno también de la web (a las 20:00 h sigue en la foto de familia). Ha de actuar sincronizadamente. En todo caso, el baile de estampas proporciona nuevos contenidos valleinclanescos, en la mejor tradición española. Fitch, S&P y Moody’s deben de estar flipando.

14-12-11
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El dilema del Rey: la familia (real) es el Estado

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