Lo más impresionante de este reportaje alucinógeno es que a la gente en cuyas tierras le cayó el meteorito ya les había caído antes el fin del mundo. Vivían en el fin del mundo, tal como dice con ecuanimidad el título, y la llegada de la piedra espacial les hizo concebir esperanzas de salir de ese infierno. Es una historia pavorosa. Lo que más miedo da no es la certeza de que tarde o temprano caerá otro pedrusco -quizá mas grande- sobre la tierra, sino el nítido relato de la realidad. Marco Avilés es un maestro.
“El 15 de setiembre de 2007 un meteorito cayó en una aldea perdida en el sur del Perú, y por primera vez en la historia de la Humanidad hubo testigos que vieron –y sufrieron– con sus propios ojos cómo una roca del espacio se hundía en la tierra.”
“Desaguadero sólo puede ser el nombre de un destino fatal. Un escenario apropiado para que una piedra del espacio de cinco mil millones de años termine allí sus días. El meteorito tenía casi dos metros de diámetro –según el astrónomo uruguayo Gonzalo Tancredi, que después inspeccionó el lugar–, pesaba dos toneladas y estalló con la potencia de una carga de tres mil kilos de explosivos. Era una fuerza suficiente para destruir una manzana completa de rascacielos en cualquier capital del mundo. Pero había caído en Desaguadero.”
La crónica de Mario Avilés se hace corta. Te quedas con ganas de seguir leyendo. Es el relato contenido de un suceso único que deja un misterio. Igual que el meteorito choca con la tierra, se dispersa en mil pedazos y desaparece, su rastro se extingue. Deja el enigma de cómo pudo atravesar la atmósfera.
Y deja la desolación de los vecinos de un lugar que es verdaderamente el fin del mundo; la misma devastación milenaria que sufrían antes del regalo del cielo, pero amplificada cruelmente por la esperanza de redención que despertó su llegada. Además, ahora, saben (si leen el reportaje) que en el agua subterránea, igual que en Puno, hay arsénico.
Es una crónica meticulosa como un acta notarial, un informe exquisito que evita manosear los hechos con más adjetivos de los necesarios. Los enigmas quedan para los científicos, pero el reportaje refleja, seguramente a su pesar, que el realismo mágico, si se despoja de adornos, es la estricta hiperrealidad.
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Caranca, distrito de Desaguadero, provincia de Puno, Perú.
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