Señal

Cuidado: inversores sueltos por la ciudad. Desde los tiempos ya olvidados y siempre recordados de la burbuja no se veía tanto frenesí. Cuando el Rolls Royce color frambuesa paseaba sus millones por el boulevard de los notarios y los bolis de los registros ardían de pasión. Qué tiempos. Aquello era vivir al límite. Barrios enteros recién salidos de la nada, secarrales con fuentes luminosas, yesos recalificados en dos horas, maletines en llamas en Orión. Cientos de miles de euros en los colchones del apartamento. Luego todo se hundió por culpa de los demás (esos canallas) y la city prodigiosa plegó las grúas. Los años se hacían eternos y los días volaban como facturas de la luz. Las hormigoneras se apagaron y hasta olvidamos su alegre runrunear. Nos adaptamos a pelear en Segunda (y gracias) soñando con los Cinco Magníficos y pasándonos clandestinamente el gif del Gol de Nayim. Francia nos cerraba los puertos como en tiempos y España nos dejaba en el olvido de los presupuestos como siempre. Y, como siempre, había que ir a los tribunales para que nos devolvieran el aire. Lo único que quedaba en las arcas del tesoro de San Juan de la Peña era el lindano, que tiene poca salida. Los vecinos nos iban encerrando en los vastos páramos con nuestros 3 habitantes por kilómetro cuadrado: uno pachucho, otro mayor y el tercero a medio emigrar. Suerte, menos mal, que otra vez vamos a reabrir el Canfranc. El ánimo que no falte. En este esplendor crepuscular, mientras los autoproclamados Califas de Oriente se deciden a invadirnos otra vez, los inversores han vuelto a la ciudad. Alguien va por ahí diciendo que tiene dinero. Sin duda es una señal.

(Columna de Heraldo de Aragón de ayer)

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