La nave Rosetta viene a iluminar estos delirantes días de Europa. La sonda espacial en pos de un cometa abre una rendija de datos y de esperanza en este continente desastrado que ha perdido el rumbo. Rosetta lleva diez años circulando por el espacio, aprovechando la música de las esferas, los conocimientos acumulados, la delicadeza de los astrónomos… y la agencia europea que pone la pasta: la ESA. La nave lleva diez años en esas soledades, siguiendo a un cometa: dos pedruscos con forma de patito. El cometa, con su cola de polvo de estrellas (el mismo que somos los humanos), tiene que haber sentido algo al ver ese artilugio con sus paneles solares desplegados como una flor, allí donde el sol pega de refilón. Es todo muy emocionante. Los nervios que habrá pasado y estará pasando Rosetta de pensar que cualquier día, al llamar a la tierra, no responda nadie. Porque la UE se haya desmembrado, porque hayan despedido a los ingenieros de la ESA, o por cualquier otra de las múltiples variables angustiosas que nos cercan. ¿Hay alguien, cu cu? De momento, no hay ERE en la ESA; ni nos ha invadido el califato. Ni Putin ha lanzado un misil. Ni la NSA de Obama ha boicoteado el periplo. La misión sigue: el robotito Philae saltó desde la nave al cometa y no pudo anclarse. Tras dar unos buenos brincos se quedó en zona de sombra, envió los datos (hay carbono, vida) y se puso a dormir. A quinientos millones de kilómetros allá arriba. A 28 minutos de wifi. Esperemos que vuelva a darle el sol y se reavive. Parece mentira que sepamos mandar una sonda espacial a un cometa y aquí abajo tengamos tan poca cordura. ¡Y siempre con el problema de la batería!
(Columna den Heraldo de Aragón, ayer)
