La cirugía estética está en sus inicios. La revolución en este negocio vendrá del maqueado interior: se trata de conseguir que cada cual se concentre en su esencia intramundana que, de momento, y a la espera de nuevos hallazgos (que están al caer), radica en el genomilla, vulgarmente llamado genoma: las cuatro letras que componen la jota del alma, también llamada cuerpo (aunque a la larga es lo mismo y a efectos de lo que aquí importa no compensa el debate). De manera que cada cual, en un proceso de introspección innovativa extrema que linda con la fontanería y el software, se concentrará en las partes que quiera modificar o tunear, ya sea la nariz, el torso, las bembas, el glutis o lo que le urja, y efectuará el cambio sin necesidad de intermediarios. Este método vale tanto para el retoque estilizante casual como para lixiviar una congestión o para regularizar procesos cotidianos que por c o por b han perdido el ritmo óptimo. Por medio de este ensimismamiento cuántico una persona consciente podrá remodelar tanto sus costumbres como su apariencia exterior o revestimiento. Así, se podrá renovar el color del vello o regular las dioptrias a voluntad. En fase avanzada de autocontrol será posible “convencer” a las propias células madre de que fabriquen órganos, miembros o bien que configuren las rutinas cerebrales para librarse, por ejemplo, de una tonadilla torturante que se haya enquistado en el bucle, o para eliminar esas frases tontas que a menudo atormentan a los humanos cuando se quedan encasquillados. La clave de este método de perfección interior está en convencer a las propias células (en la fase de iniciación) o directamente a los átomos y a las partículas más pequeñas que los forman, protones, electrones, muones y todo ese catálogo sin fondo. Cuanto más adentro se aprenda a manejar o a seducir a la materia, que a esas bajuras ya no lo es, más rápidos y eficaces serán los resultados. En el límite último (de momento, hasta que encheguen el CERN) la cosa se reduce a unas vibraciones que ya rozan el latido íntimo del mundo. Por ello se recomienda no llegar al final. A ver si alguien, por querer arreglarse las mechas a toda prisa, va a petar el universo.
(Columna en Heraldo de Aragón del viernes pasado)
