Publicada en su sección LAS ONCE ESQUINAS, en Heraldo de Aragón
Julio José Ordovás
Para salvar el periodismo español habría que resucitar a Umbral. Todavía
hay columnistas capaces de sacarle punta a la actualidad, pero ninguno
que consiga sacarle brillo a la prosa de todos los días. Umbral se deshacía
en adjetivos, como Pla, con la diferencia de que él aprendió a adjetivar
en Quevedo, en Valle-Inclán, en Jorge Guillén y en Ruano. Umbral
peatonalizó el periodismo barroco de Eugenio d’Ors, aquellas piruetas
intelectuales, filigranas de tinta y humo. Redefinió el mapa genético de
Madrid, y hecho un Proust sin pedigrí, un dandi con bocaza de bufón, le
quitó caspa a la crónica social y pólvora a la crónica política, umbralizando a los títeres del Hemiciclo y a los fulanos y menganas del tablao nacional.
Ahora que han decretado la muerte de la máquina de escribir es cuando
más se echa en falta el tableteo de su Olivetti, que unos días sonaba como un piano, otros como una ametralladora y otros, todo hay que decirlo, como un organillo. Umbral violaba sistemáticamente el español, lo encanallaba,
lo emputecía, pero nunca le faltó al respeto a la sintaxis ni permitió que un adverbio apresurado le afeara la columna. Más que una literatura, Umbral
era todo un idioma. Un río incesante, revuelto de imágenes –Umbral
trabajaba sobre imágenes verbales, no sobre ideas-, en el que los cantos
rodados del argot callejero y las coñas de andar por casa se mezclaban
gozosamente con las pepitas de oro y los peces de bisutería fina.
Umbral era un cínico de la talla de Tom Wolfe, y quizá por eso dio
lo mejor de sí en el periodismo (“La noche que llegué al Café Gijón”,
su mejor novela, es la novela de un periodista). Pero hablar de géneros
hablando de Umbral resulta ridículo. Él los profanó todos. No tenía nervio
de narrador, y sin embargo narró como nadie la orfandad española del
siglo XX, su pobretería congénita, sus remiendos políticos, económicos,
culturales y sentimentales.
Antes de Umbral, el periodismo español funcionaba a pedales, y él desde
Madrid y Vázquez Montalbán desde Barcelona le pusieron las pilas y lo
cargaron de electricidad. Eran otros tiempos, pero no creo que fueran más
fáciles.
