Un científico de Oxford dice que hay que ajustar los horarios al reloj natural de cada edad. Así, los niños deberían empezar la clase a las 8,30. A los 16 años, a las 10 horas. Los universitarios, a las 11 de la mañana. A partir de los 55 años –si se sigue vivo– se vuelve al mismo régimen de sueño de la infancia. El doctor Paul Kelley, de Oxford, dice que el mundo está lleno de personas muertas de sueño (de aquí viene el éxito de los zombis) y que habría que organizar las tareas conforme a los ritmos naturales. La idea de establecer un régimen de sueño adaptado a esos relojes interiores parece simpática, y también parece de otro mundo. En la medida en que los Estados deciden sobre los horarios escolares, quizá se podría ensayar en el cole, aunque en España habría –o hay– diecisiete husos diferentes, o más si se ponen a legislar las comarcas. Pero el horario laboral ya no lo controla ningún gobierno. De hecho, Artur Mas quiere la soberanía de Cataluña para prohibir la siesta, que es una importación cultural sobrevenida: si se dijera de una vez que el auténtico motivo para querer ser un Estado es abolir la siesta, ganaría el no. El caso es que los horarios los marcan las empresas: cuando Apple presenta un bolígrafo, medio mundo se queda sin dormir. Ese día, que siempre es histórico, sube el precio de las manzanas. La propuesta del profesor de Oxford estaría bien en un mundo ideal. Pero en este mundo de refugiados interiores los parados no duermen nunca y por lo tanto siempre están medio dormidos. Los ocupados no duermen ni un minuto y también están medio dormidos. Luego hay millones de seres intermedios, sumergidos que nunca saben en qué estado se hallan, y que tampoco duermen. Es posible que algún funcionario, algún día, consiga echar una cabezadita. La verdad es que nadie duerme y la consigna del Club Bilderberg es que cada vez se duerma menos y, si cabe, peor: el que duerme no consume. La gran baza de Rajoy para ganar las elecciones (si llega él, y si llegan a celebrarse) sería declarar que duerme toda la noche a pierna suelta. Arrasaría. Claro que entonces tendría que explicar por qué está siempre dormido.
(Columna Heraldo viernes)
