Me declaro refugiado interior, o nativo, o como se diga. Así me podré acoger a las medidas que la señora Merkel tenga a bien disponer para repartir bocadillos, tiendas de campaña, asistencia sicológica, diez minutos de wifi, etc. Ayer se publicó la auditoría de las cuentas de Zaragoza. Ha salido una deuda nueva, inmensa, impagable, más o menos conocida o temida por todos. La misma, en proporción, que arrastra la mayoría de la gente. O mucha gente. Los datos van y vienen. Sube el paro, suben los pisos. Bajan los sueldos. O, mejor, directamente, no hay sueldos. Los abuelos sostienen al medio país que ya se hundió sin remedio. El wifi baja con cuentagotas y sube aún peor. Hay filtros y censuras arbitrarias. Hay escasez universal de wifi: el municipal, de Zaragoza, va y viene a ratos. En las bibliotecas, nada. En el Alto Aragón se va la luz y la conexión. Feudalismo energético y feudalismo en general. La deuda de Zaragoza se dijo ayer: préstamos con 28 bancos: ¡si no quedan tantos! (28 préstamos con entidades financieras). La solución o disolución catalana para este abismo es fugarse hacia el Estado, subir de categoría: el propio proceso ya es negocio, cautivo y amiguetil, pero bueno, casi todos lo son. Por su parte el Estado (español) se esmera con todos sus recursos en sangrar a los muy pequeños, ya que los grandes están casi exentos y los medianos ya saben cómo escaquearse… o han cerrado. Pero bueno, todo va guay. En esta posguerra sin guerra, mientras lo único que queda es solicitar el estatus de refugiado, a ver si cae un bocata. Que digan de una vez dónde hay que apuntarse.
(Ayer en Heraldo)
