El debate fue un gran éxito de Atresmedia, una velada perfecta. El plató, impoluto, parecía un laboratorio de genética. Y fue un éxito de audiencia. El debate sigue en la web, y seguirá accesible hasta el fin del mundo, que ya no puede tardar. En la web, cada cual puede “editar” el programa, saltarse lo que no le gusta, etc. Los candidatos aceptaron prescindir del móvil, y esta condición daba un aire irreal a la escena puesto que nada se concibe sin ese aparato, ni siquiera el Parlamento. Los candidatos estaban aislados, en un limbo televisivo, sin poder tuitear. Contra la costumbre, el público no podía ni suspirar ni reír ni aplaudir: esta regla, también exótica, reflejaba muy bien el papel que se deja a la ciudadanía, que solo se puede expresar una vez cada cuatro años: soberanía analógica. Internet se usa para cobrar (Hacienda, multas) pero no para votar. Se habla de ciudades inteligentes y de internet de las cosas: todo lleva sensores excepto, ay, los propios ciudadanos. Nadie propone un DNI que permita opinar o votar a menudo. La ciudadanía, para estos vetustos candidatos al cuatrienio eterno, queda relegada al XIX. Y a las encuestas. Los candidatos viejos oficiaban de decorado (por eso no fue Rajoy) pues el interés estaba en ver a los aspirantes, el relevo generacional. Todos estuvieron moderados, como auténticos chicos buenos de centro, apenas distinguibles por la ropa, que es el criterio para votar. Preocupante la resignación de Sánchez. Todos desperdiciaron miles de votos: ninguno mencionó la Guerra de las Galaxias.
(En heraldo de Aragón)
