Los padres de Roberto murieron en el cerco de Belchite durante la guerra. Él, que entonces tenía nueve años, se salvó de milagro y lo acogieron sus tíos, que no habían tenido hijos y disfrutaban de buena posición. Vivía con ellos en un piso de la calle Contamina de Zaragoza, junto a la calle Alfonso y muy cerca de la plaza del Pilar. Como sus tíos insistían en que se matriculara en la Universidad, él, que había estudiado el bachiller en el colegio de don Miguel Labordeta, en la cercana plaza de San Cayetano, aceptó a regañadientes, pero antes de acabar el primer curso de Derecho vio la oportunidad de trabajar como administrativo y colgó los libros. Su tío, que era teniente del ejército, lo colocó en una de las empresas que por esos años construían lo que sería la Base Aérea Norteamericana de Zaragoza. Roberto enseguida empezó a ganar dinero haciendo encargos para las mujeres de los pilotos. Sólo con las propinas ganaba más que su tío. Además, al tener acceso a la base, podía sacar cartones de tabaco rubio y otros productos americanos que nunca se habían visto en España.
Aunque había dejado la carrera, no perdió ese interés por la literatura que contagiaban en el colegio de los Labordeta, donde don Miguel acogía a profesores —algunos represaliados— que tenían un talento deslumbrante. Roberto solía acudir de oyente a las fascinantes tertulias del café Niké, donde Miguel Labordeta hijo ya descollaba como poeta excepcional e incansable animador de escritores y artistas.
N O V E L A "Nadie y nada"
C U E N T O S "Familias raras"
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