Momento Orwell 1984

La toma de control de los gobiernos sobre la red se está estructurando a través de múltiples frentes: pretenden gobernar a qué páginas vamos, a qué podemos y no podemos enlazar, qué se puede descargar, incluso qué puede o no transmitirse y a qué velocidad puede hacerlo.

http://www.enriquedans.com/2010/12/gran-momento-para-releer-1984.html

Cómic recomendado en el Comentario 4

http://www.recombinantrecords.net/docs/2009-05-Amusing-Ourselves-to-Death.html

CAPITULO I
Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban
las trece. Winston Smith, con la barbilla clavada en el
pecho en su esfuerzo por burlar el molestísimo viento, se
deslizó rápidamente por entre las puertas de cristal de las
Casas de la Victoria, aunque no con la suficiente rapidez
para evitar que una ráfaga polvorienta se colara con él.
El vestíbulo olía a legumbres cocidas y a esteras viejas.
Al fondo, un cartel de colores, demasiado grande
para hallarse en un interior, estaba pegado a la pared.
Representaba sólo un enorme rostro de más de un metro
de anchura: la cara de un hombre de unos cuarenta
y cinco años con un gran bigote negro y facciones
hennosas y endurecidas. Winston se dirigió hacia las
escaleras. Era inútil intentar subir en el ascensor. No
funcionaba con frecuencia y en esta época la corriente
se cortaba durante las horas de día. Esto era parte de
las restricciones con que se preparaba la Semana del
Odio. Winston tenía que subir a un séptimo piso. Con
sus treinta y nueve años y una úlcera de varices por
encima del tobillo derecho, subió lentamente, descansando
varias veces. En cada descansillo, frente a la puerta
del ascensor, el cartelón del enorme rostro miraba desde
el muro. Era uno de esos dibujos realizados de tal
manera que los ojos le siguen a uno adondequiera que
esté. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las palabras
al pie.
Dentro del piso una voz llena leía una lista de números
que tenían algo que ver con la producción de lingotes
de hierro. La voz salía de una placa oblonga de metal,
una especie de espejo empeñado, que formaba parte de
la superficie de la pared situada a la derecha. Winston
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hizo funcionar su regulador y la voz disminuyó de volumen
aunque las palabras seguían distinguiéndose. El
instrumento (llamado teidoatítalia) podía ser amortiguado,
pero no había manera de cerrarlo del todo. Winston
fue hacia la ventana: una figura pequeña y frágil cuya
delgadez resultaba realzada por el «mono» azul, uniforme
del Partido. Tenía el cabello muy rubio, una cara
sanguínea y la piel embastecida por un jabón malo, las
romas hojas de afeitar y el frío de un invierno que acababa
de terminar.
Afuera, incluso a través de los ventanales cerrados, el
mundo parecía frío. Calle abajo se formaban pequeños
torbellinos de viento y polvo; los papeles rotos subían en
espirales y, aunque el sol lucía y el cielo estaba intensamente
azul, nada parecía tener color a no ser los carteles
pegados por todas partes. La cara de los bigotes negros
miraba desde todas las esquinas que dominaban la
circulación. En la casa de enfrente había uno de estos
cartelones. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las
grandes letras, mientras los sombríos ojos miraban fijamente
a los de Winston. En la calle, en línea vertical con
aquél, había otro cartel roto por un pico, que flameaba
espasmódicamente azotado por el viento, descubriendo
y cubriendo alternativamente una sola palabra: INGSOC.
A lo lejos, un autogiro pasaba entre los tejados, se quedaba
un instante colgado en el aire y luego se lanzaba
otra vez en un vuelo curvo. Era de la patrulla de policía
encargada de vigilar a la gente a través de los balcones y
ventanas. Sin embargo, las patrullas eran lo de menos.
Lo que importaba verdaderamente era la Policía del Pensamiento. (…)

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