Hay gente que se especializa en fastidiar a los demás. Si ven a alguien feliz, ZAS. Si ven a alguien ni siquiera feliz, solo un poco medio bien, CATACROK. Lo de menos es el mensaje, la advertencia, la orden o la prohibición. El contenido da igual. Sirve cualquier cosa. O ninguna. Solo cuenta la autoridad, aunque sea falsa, o impostada. Solo cuenta amargar la vida a otra persona sistemáticamente. Estos tiranos y tiranas suelen ser cobardes y taimados. Se ceban en los débiles o en los que no pueden responder a sus hachazos porque están sometidos de alguna manera, sea por chantaje emocional, por escalafón laboral, por dependencia o porque la timidez, la educación o el apocamiento de la víctima le impiden responder. A lo tonto a lo tonto este maltrato de baja intensidad puede durar toda una vida. Quien ejerce o practica semejante sevicia puede ser que lleve dentro la mala entraña de serie en su adn (quizá más retorcido de lo habitual), o que haya sufrido similar oprobio en su niñez; puede ser una bacteria, un gen o cualquier cosa que descubrirá la ciencia cuando acierte con este ERROR 404 y quizá entonces se diagnostique y arregle con una pastilla. Quizá todos seamos crueles con alguien o durante un tiempo, quizá nuestra propia amargura nos obligue a perpetrar minicrueldades a veces… o siempre. Contra este maltrato leve pero insidioso se puede aplicar algo que se recomienda ante el acoso escolar: la no neutralidad del entorno. Si el entorno disculpa y homologa el microacoso, se convierte en cómplice. A ver. mariano@gistain.net
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Columna en Heraldo de Aragón, 29 agosto.
