Luis Alegre: ‘Mejor imposible’

En los primeros seis años de la vida radican, según los científicos, muchas claves de nuestro desarrollo emocional. Mis primeros seis años los pasé en la casa de Lechago donde mi madre Felicitas nos parió y en la que ella nació en 1925. Mi abuelo Pedro había construido la casa hacia 1910. En ella vivíamos siete personas – mis abuelos, mis padres, mis hermanos Carmen y Salvador y yo- varios gatos y la perra Caracola. En el corral estaban las gallinas, que me miraban mientras hacía mis necesidades a su lado. No había retrete ni agua corriente.

Durante esos años nunca dormí solo por las noches. Me acostaba con mis hermanos o, sobre todo, con mis padres, abrazado, a menudo, a una bolsa de agua caliente. En invierno hacía un frío del carajo. Una vez llegamos a sufrir 30 grados bajo cero, la temperatura más baja registrada en España en toda la historia. Es absurdo que, si toleré aquello, luego haya sido yo tan friolero.

Mi madre se llevó algunos buenos sustos conmigo: un día que yo estaba en la cuna una centella cruzó la casa y no morí de milagro; una tarde me caí a la hoguera que mi padre había encendido en su huerto y llegué a casa como una bala, chillando, con las manos quemadas por delante y con mi papá por detrás, con la lengua fuera; otra mañana, al no volver a la hora de comer, mi madre me buscó por el pueblo y, al no encontrarme, hizo que el alguacil echara un bando. Entretanto, yo jugaba tan tranquilo en nuestra era, con Merceditas, sin enterarme de nada.

Mi madre era la reina de la casa. Se sentía feliz, rodeada de sus seres más queridos. Estaba pendiente de todos. No paraba quieta. Sólo descansaba para rezar el rosario. Y cantaba a cada rato, mientras cocinaba, hacía las camas o fregaba el suelo de rodillas.

Ella hizo que, para nosotros, la Navidad fuera una explosión de ilusión, devoción y cariño. Aguardábamos la Nochebuena y la Nochevieja con ansiedad, porque todo lo que se nos venía encima nos encantaba: los villancicos, el belén, el cardo, los turrones, las uvas, el barullo y los besos interminables. Mi madre ha sido la persona que más me quiso y a la que yo más quise. Y todo nació aquí, en Casa La Felicitas, donde este año hemos pasado la primera Navidad sin ella.

Mi mamá murió este 1 de julio. Qué tristeza tan fácil de entender, tan imposible de explicar. Esa sensación de que te falta el aire. Sabíamos que la congoja sería profunda y el vacío, gigantesco. Llevábamos tiempo creyendo que estábamos preparados para el máximo hachazo. Pero luego viene la realidad y siempre te pilla desprevenido, siempre te arrolla. Ahora bien, qué lujo haberla tenido. Mamá, lo hemos puesto en tu lápida: “Luz, amor, alegría. Mejor, imposible”.

(Publicada en Heraldo de Aragón, domingo, 30 de diciembre de 2018)

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