Las acampadas no deben la hipoteca… todavía

Un nuevo día, un domingo, sobre un país acampado en las plazas de las ciudades. En un paisaje de deudas & quiebras lo más destacado es que las acampadas, con todos sus problemas e improvisaciones, no deben grandes sumas de dinero. La autoridad, puede desalojar a los acampados por varios motivos (incluyendo el de “salubridad”, como en Barcelona), pero uno de ellos no es el embargo ni el deshaucio. De momento la principal función de estas ocupaciones del espacio simbólico es evidenciar la gratuidad del centro, la falta de hipotecas. Esta felicidad práctica -no deber- debería ser motivo suficiente de celebración y jolgorio. Esas acampadas son las únicas comunidades de vecinos que pueden pasar sus horas sin pensar en los bancos. Al menos colectivamente, como “acampadas”, existen fuera del yugo de las deudas y sus consecuencias.

La autoridad, en sus diversas escalas y ámbitos, parece más ignorada que cuestionada, no sólo por las acampadas sino por la ciudadanía en general. Las reivindicaciones quizá se dirigen ya a otra generación de autoridades (reivindicciones al futuro), pues los actuales okupas del poder ya llevan mucho tiempo haciendo como si no pasara nada, como si nadie les estuviera interpelando: esto no va con nosotros. Sólo responden a las anécdotas, no a lo esencial.

Mientras persistan las acampadas el poder habitual estará cuestionado. El paralelismo es cada día más fuerte. Es algo simbólico, irracional: los acampados se ubican en el mismo sitio en el que habita el poder, los centros simbólicos de las ciudades. La autoridad es legítima, ha sido elegida en democracia; los acampados se han apoderado del centro físico y espiritual, viven en él. No tienen la misma legitimidad: pero el hecho de tener que recordar este detalle, cada día, ya indica que algo falla. Los acampados, con su presencia y sus mensajes, impugnan una parte de esa legitimidad al pedir la reforma del sistema electoral: y esta vindicación parece que obtiene gran resonancia en la ciudadanía. Hay que atenerse a las elecciones, incluso, y especialmente, para cambiar el sistema que regula esas elecciones.

Amanece otro domingo con un país acampado. Como mínimo hay mucho más contenido, algo nuevo que exportar. económicamente es rentable. Independientemente del resultado, las acampadas ya son productivas.

Algo que, de momento, no está siendo subvencionado. Aunque el precio del metro cuadrado de esos centros, si hubiera que alquilarlo, sería bastante caro. Esto es más subversivo que el contenido (que es producción de sentido, de dabate, de memes y, por lo tanto, entra en la legitimidad última del sistema, que es más económica que política).

Quizá la única fórmula que le queda a la autoridad para recuperar ese espacio (físico y simbólico: el poder, la calle, la agenda, el protagonismo virtual en exclusiva: virtual porque el real es de la economía) que le van arrebatando hora a hora es invocar a la única Autoridad reconocida universalmente, inapelable, omnipresente e invisible (antiguos atributos de Dios): los mercados. Bastaría con que una de esas agencias de calificación de riesgos dijera que va a rebajar la notita a España por este fenómeno de las acampadas (mal visto por los inversores, puesto que los acampados no solo no pagan alquiler, sino que también renuncian -al menos de momento-, a cobrar: ¡es el colmo!) para que la opinión pública hogareña (la que aún tiene hogar), acatara cualquier actuación policial.

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