La llegada de la luz eléctrica en “Automoribundia”, de Ramón Gómez de la Serna (y su primer fanzine)

“Así, hasta que un día llega la electricidad, y sólo los privilegiados pueden
instalarla en sus casas.
El medidor de la luz comenzó siendo un reloj de caja, en roble claro, con su
esfera de barómetro y su largo péndulo que se movía con lenta acusación.
El niño que asistió a esa inauguración de la luz eléctrica, no podrá olvidar ese
tic-tac misterioso que se había trenzado a la vida de la casa en el recibimiento, como
vigilante de lo que gastaba de luz.
Alabardero misterioso de la compañía, era como un intruso, como un
representante de la especulación de fuera que se había metido en el hogar. Nos
sentimos mejor iluminados pero menos independientes, y a veces había que volver a
las lámparas de petróleo porque en el ensayo de la electricidad muchas veces se
interrumpía el fluido.
Tenían que venir un día sí y otro no los revisores, tomándole el pulso al contador,
que se alteraba tan a menudo.
Herméticos marcaban en sus relojes el resultado del encendido de nuestras
lámparas, y daban un respingo cuando comenzaba a funcionar la plancha o el
calentador.
(…)
Es menester haber vivido aquella sorpresa para darse cuenta de lo maravilloso
que era dar por primera vez a una simple llave e inundar de luz la habitación y sus
alrededores. Era una luz más fría, más inhospitalaria, que nos metía en una gran
sopera de porcelana deslumbrante, pero que alejó el mundo de los fantasmas.”



Primera publicación:

“Según pasan los cursos voy tomando raigambre con mi Madrid actual, y surge ya
con ciego empuje de jabalí mi afición literaria, pues aprovechando los domingos y
demás fiestas de guardar, yo como un loco, solo en el comedor de la casa —mesa con
dos tablas añadidas—, preparo un periódico en gelatina que titulo El Postal.
Tengo pocos colaboradores, casi todo lo hago yo, pero a veces colaboran Ramos
de Castro —gran escritor después— y Pérez de Diego, doctor de genial visión que ha
llegado a triunfar.
Tiraba veinticinco ejemplares y, aunque alguna vez me ayudó la gelatina,
generalmente escribía veinticinco veces el texto y dibujaba y coloreaba veinticinco
veces las muchas ilustraciones —alguna a doble página— que llevaba el texto.
Tenacidad, ceguera ante la luz remota pero deslumbradora del arte, primeros
pasos en el camino interminable.”
p 131


“El mensaje escrito es un mensaje para internarse en la muerte y por eso el muerto es el que escribe en nosotros, el muerto que seremos y que ya sabe escribir. Así resulta que cuanto más testamentarias sean unas cuartillas mejores son.” 313

-
El hipercéfalo que es el escritor —monstruo fetal con la masa encefálica al descubierto— tiene que escribir y escribir (…) 317

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