La llamada de la selva (pantalla)

Estás tirado viendo la tele, haciendo otra cosa, haciendo algo, faenas diversas… y puedes notar el chorro de electrones (muones, yo qué sé) que te succiona desde la pantalla.

Literalmente, la pantalla te llama. Aunque no es ella, claro, es lo que hay detrás, al otro lado, ese otro lado que ni siquiera necesita ser infinito porque ya es inabarcable, o levemente inabarcable.

Las puntas perdidas de las neuronas llaman a sus gemelas perdidas en las redes, sienten casi el dolor físico de sus complementarias, abismos de soledad, chorros de energía que sólo acertamos a ver confinada en el recuadrito de una pantalla, en el rudo tic tac del RSS. Aullidos inaudibles.

(No leer más, la cosa empeora por momentos)

Quizá configuramos el cerebro (como un navegador, como el navegador por excelencia) para no pensar o para aplazar esas inmensidades, los reducimos a esos paquetes IP. Al fin personas. Siempre algo más reales, ay, que las las próximas, o en competencia brutal: otro hilo terrible…

¿Pensamos en la topología de los sueños, haces de neón y laser, paquetes de ceros y unos? ¿Queremos verlos o nos dan miedo? Esos mapas de las redes son planos, no sirven. El solapamiento no es suficiente, deberíamos adentrarnos ya en esa maraña de sensaciones: en el sentido más pleno, navegar.

El mismo texto venció hace siglos esa planitud. La pantalla, omnipresente, nos lo ha dado todo (hasta podemos sentir cómo nos llama y nos hace abandonar el sofá, la tele, las personas…), pero la pantalla es una metáfora ya inservible, su propio éxito nos está confinando.

Y luego, quizá nos acostumbramos a que nos inventen todo, a que nos lo traigan ya con el CSS puesto y los clips para ensamblarlo con otras cosas.

Aunque sea un ratito cada día, hay que atreverse al vértigo de imaginar lo que no existe. (Aparte, lo que se imagina ya existe).

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