El Estado arruinado exprime a sus súbditos al mismo tiempo que intenta convencerlos de que no se suiciden todavía o, al menos, de que no lo anuncien en Twitter. Mejor irse. Hay dos maneras de irse: una individual: emigrar. La otra, en grupo, formando un estado nuevo, la independencia: un estado juega en otra liga, parece que se emigra más acompañado. En eso está España, explorando las vías para irse de sí misma mientras finge seguir. Las fortunas ya se evadieron. Buenas cifras malísimas, mejores que nunca. Baja el paro y sube la afiliación. De vez en cuando, una venta. Datos inmejorables en el infierno. Las colas infinitas, el papeleo asfixiante, los trámites eternos. Llevamos lustros haciendo ver que eliminamos requisitos medievales, décadas de declaraciones mientras se aprieta el torniquete al autónomo, a la pyme, y se erigen nuevas ordenanzas disuasorias e incompatibles. Las cuchillas de África no son las únicas. El país entero está lleno de vallas altísimas erizadas de púas, de hojas de afeitar recién promulgadas, de leyes insalvables levantadas para blindar y beneficiar a los ámbitos privilegiados; la zona de las puertas giratorias se pierde en el horizonte: España es un campo de tornos. La utopía de la libre competencia sobre la que se funda el capitalismo queda para las migajas, en torno a las cuales se entabla una lucha feroz. Esto pasa también a escala global, de modo que el país sufre lo mismo que practica. Una humanidad doliente que ya no puede volver a la superficie se arrastra por listas de espera, colas kafkianas y lugares inhóspitos con logotipos que ya no significan nada. La desafección es de pijos.
(Columna de hoy en Heraldo de Aragón)
