Huelga general

La huelga ya no existe. Es un anacronsimo, una nostalgia. Ese es el primer motivo para hacerla: la reivindicación de un derecho abolido de facto. El motivo real para hacer la huelga, la situación de subordinación de la mujer al hombre a todos los niveles, es tan obvio que no requiere más explicación. Aliciente añadido es tomarse un día de honda reflexión universal, un respiro de esta agonía que tanto nos gusta y nos mata. La agonía es adictiva, no sabemos vivir sin ella. Si a alguien le toca la lotería comprueba enseguida que no puede pararse. La angunia nos devora. Y total, para qué. Si la productividad no remonta y las pensiones van siendo como el derecho de huelga, algo a extinguir. Bien mirado se podría dejar la Constitución en una línea y tres artículos (mortis): Pagar la Deuda. Un 155 Expandido. Y una Ley Mordaza Ampliada. La huelga queda en manos de los que no tienen empleo remunerado, o de los que no pueden perderlo: el éxito está asegurado. Es una huelga interior, huelga universal en la intimidad. Pero ojo, es una experiencia tan nueva, tan inexplorada, que puede ser explosiva. Está todo tan cogido con alfileres (atado y bien atado con hilillos) que cualquier cosa, hasta una huelga sobrevenida y utópica, podría hacer caer a un gobierno que lo es por inercia. A uno o a varios o a muchos, ya que hay tantos. En Italia han dado el relevo vía urnas. Las barbas a remojar. Si el sistema no es capaz de reformarse, peta. Tarda pero peta. Pero, al parecer, no tiene autolavado. En fin.
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Columna en Heraldo de Aragón, miércoles, 7-3-18

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