Los disturbios y motines de Londres y otras ciudades de Gran Bretaña forman parte de los preliminares de los Juegos Olímpicos. Son actos espontáneos para hacer marca ciudad. No hay que quedarse atrás en el caos. Lo peor es no aparecer en las portadas. Al Gobierno de Cameron le han venido bien para diluir las escuchas de los medios de Murdoch y el olor a podrido que desprende la mezcla política-medios. Todo es audiencia y turismo: ‘vimos la casa de muebles quemada’. Cosas que ver, cosas que contar con el valor añadido/restado de la antropología reciente, reventa de experiencias nuevas, espacios foursquareizados, colección de emblemas y cromos para ganar esa atención aparente de los demás que, por dentro, zombies de sí mismos, siguen pensando/penando en sus cosas, sus autismos burbujeantes, impenetrabilidades del alma quebrada, antes visa. (La zona incomunicable ha crecido).
Los teóricos de los disturbios se dividen entre el capitalismo salvaje y el pillaje sin aditivos. Es todo lo mismo, es indistinguible del momento pánico que nos tsunamiza; nos gusta separar cosas, nanoconductas, pero todo nos llega ya remixeado en la hiperrealidad: lo malo del capitalismo, como de cualquier otra cosa, es que no funcione, que se pare. (La compra de Motorola por Google anima más que todos los discursos y gestos, pues da a entender que hay algo por delante, en definitiva: que alguien va a llamar. Notable optimismo de Google cuando ya es evidente que nadie llama).
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Robo la pantalla
en la que va a ser proyectada
mi cara
robando la pantalla
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Act 18-8-11:
http://www.heraldo.es/noticias/sociedad/londres
arrebata_nueva_york_titulo_capital_mundial_moda.html
