Mi abuela vivía conmigo en Huesca aquellos días de mayo de 1994 porque mis padres habían ido a Orense a ver a mi hermana, quien, a la sazón, residía en esta capital gallega. Como mi trabajo no me permitía quedarme dos semanas enteras en Aleluya, convinimos que mi abuela vendría conmigo a Huesca y permanecería allí hasta que mis padres regresaran. Pese a que, a sus 94 años, le disgustaba salir de viaje, yaya estuvo de acuerdo: la situación lo imponía y ella sabía adaptarse a las circunstancias.
Se sintió en mi piso como en su casa desde el primer minuto, y me hizo experimentar el gozo de ser yo misma su morada. Así lo constataron sus palabras, sus gestos y sus silencios cada uno de esos días que compartimos en la ciudad: hallándose mis padres fuera, donde estaba yo, se encontraba su hogar.
La mayor parte de mis tíos y primos (hijos y nietos de mi abuela) vivían en Huesca –y también su hermana, pero del emotivo reencuentro de las dos ancianas diremos más adelante-, de modo que todos recibieron con alegría la noticia de su llegada y se ofrecieron para acogerla en sus domicilios. Ella rehusó las invitaciones sin remilgos: quería estar en su casa, que entonces era la mía, o, más claro, era yo. Llenamos, no obstante, nuestra agenda común de compromisos, especialmente a la hora de comer: cada tarde nos agasajaban unos tíos o primos.
El día que nos convidó mi tía Elena, yo me retrasé un poquito porque antes había quedado con unos amigos. Cuando llegué a recoger a mi abuela, ella estaba esperándome inquieta; era muy puntual y se angustiaba imaginando que la invitadora aguardaba con más impaciencia que ella. La tranquilicé en la medida que pude y salimos por fin las dos, ella cogida de mi brazo. Advertí que se desasosegaba de nuevo al bajar en el ascensor, pero se calmó tan pronto como salimos a la calle.
Fuimos dando un paseo –breve porque mi abuela era muy garbosa y porque mi tía vivía muy cerca-. Ya en el patio, saludamos al portero, quien llamó al ascensor y se puso a departir con nosotras. El aparato tardó en descender algo más de un minuto, y comprendí que a mi abuela se le había hecho eterno a pesar de la grata conversación. Mientras subíamos, yaya miró de arriba abajo el ascensor y me dijo: “si no por este chisme, ya estaríamos arriba”.
N O V E L A "Nadie y nada"
C U E N T O S "Familias raras"
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