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En pleno luto de Estado, el Tribunal Constitucional ha anulado la declaración de soberanía del Parlamento Catalán.

Para lo que suele, el TC ha sido rápido y así se ha ahorrado la recusación del Parlament contra algunos de sus magistrados, a los que la cámara catalana achacaba falta de imparcialidad: está claro que el TC en pleno tiene falta de imparcialidad en este asunto, pues el torpedo soberanista impugnaba de lleno al propio tribunal como garante e intérprete de la Constitución.

Si hubiera dado el OK a esta declaración de soberanía (sobraduría) el TC se tendría que haber disuelto a sí mismo, sus miembros haber cesado y haber declarado el cierre y liquidación de España. Hubiera sido reconocer lo que ya está ocurriendo. Claro que entonces los miembros del TC se hubieran quedado sin cobrar a fin de mes.

La sentencia admite el derecho a decidir siempre que sea en el marco de la Constitución e intenta salvar el buen rollo en cuestiones accesorias. La concordia que no falte. En Catalunya los independentistas ya daban por descontada esta decisión elemental, pero les ha escocido la velocidad: la proverbial lentitud permite dar un zarpazo por sorpresa. Rajoy podría usar esa táctica cuando le haga falta. O quizá la ha usado ya.

El momento solemne en el que se ha evocado la concordia de la transición –incluso con grandes manifestaciones, algaradas y palos, tan habituales entonces– ha puesto en bandeja la ocasión. Hasta la victoria del Barça ante el Madrid viene a arropar la asepsia del veredicto.

Como el trámite daba igual, todo sigue lo mismo.

La Constitución ya la modificaron en una tarde por mandato de Merkel.

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