El éxito de la “restauración” de Borja puede venir de que esa es la cara que se nos está quedando a todos. Eccehomos ante la devastación. Antes éramos como la imagen deteriorada del Cristo original, machacados pero aguantando. El arreglo de Cecilia nos ha retratado el estupor en 3D, el pánico en once dimensiones. Más allá del cubismo, Cecilia nos ha hecho un (auto)retrato cuántico, el hombre ya traspasado por todo, atravesado por las wifis y zarandeado por los mercados. Pidiendo un rescate que al principio era metálico, luego fue líquido y ya es metafísico.
El Ecce Homo es el icono que mejor nos refleja en el XXI, es un Goya auténtico, agotado de sufrir y penar. Conserva debajo el Cristo torturado y quiere sobreponerse a tanto dolor, pero le llueven los palos. Ay.
El Ecce Homo de Cecilia, posterior al tsunami de Fukushima y sus peces irradiados, es la cara de Wikileaks y la cara de Guantánamo; es la cara que se les quedó a los secuestrados en los vuelos clandestinos de la CIA, y la cara del que va a rescatar sus “preferentes” y la cara del deshauciado.
El cuadro ahora está en manos del sanedrín. Lo más lógico es que acabe en el museo de Lérida.
La popularidad del Ecce Homo de Cecilia es un reconocimiento mundial a Cristo flagelado y tal vez una esperanza en que vamos a resucitar y a salir de este agujero infame que tanto se parece al infierno.
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