Diez kilómetros de soberanía

El país se ha parado y al Gobierno solo le queda subir o bajar un poco el límite de velocidad. Es para recordar que hay autovías y que en parte se hicieron en sus años. Ese es el margen de decisión que le dejan los poderes globúleos, que no es poco. Uno de esos superpoderes globales enmarañados, difusos, una agencia, ha salido del letargo, ha abierto las reservas de crudo y han bajado los precios estivales de la tufarra. Los poderes se sorprenden entre ellos con estas irrupciones y chascarrillos. Cuando han decidido sacar las reservas es porque estaba a punto de amotinarse algún país o satrapía. A ver qué echa Wikileaks.
Al Gobierno le han dejado ese margen: diez kilómetros por hora arriba o abajo. A Grecia, ni eso. En esta operación ya ritual de quitar y poner las pegatinas por esos desmontes y tajaduras reside la soberanía. Las autovías han dejado muchas quebradas chapuceras y un catálogo de artilugios espeluznantes que incitan a correr a doscientos por hora, pero esa hora ya no existe.
Los gobiernos no saben qué corbata ponerse, apenas quedan colores. Los ricos se han dado de baja de la revista Forbes para que no les importune la miseria, que ya está a dos grados en el Facebook.
Los datos mejoran, etc.
Los datos no paran de mejorar desde que petó aquel banco en 2008.
El Gobierno sube esos diez kilómetros por hora pero el gentío ya se ha dado cuenta de que no hay prisa porque la próxima burbuja no acaba de hincharse.

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