El cambio de año está sobrevalorado. Al menos durante el cambio de año. Pero ya estamos en San Valero, en San Valentín y en la Cincomarzada. Pronto, el Pilar y luego el verano, o al revés. Puedes viajar a la constelación de Orión (que parece una pajarita de Nochevieja) más rápido que la velocidad de la luz sin moverte de tu sofá. La vida vuela. Y vuela más rápido a medida que avanza o retrocede. La vida son unas cuantas pantallas que procesa el cerebro, como una película. No sabemos qué hay entre pantalla y pantalla y descubrir eso sería una gran hazaña. Esos huecos pueden albergar universos paralelos, otras vidas que nos viven o bien se los ha reservado Dios. Igual que los trozos de genoma repetidos, secuencias sin función conocida: huecos. El cambio de año está sobrevalorado porque nos gusta compartir algo, aunque sea un minuto. El cambio a secas también está un poco sobrevalorado: ahora estamos en uno y no lo entendemos. Quien lo entienda podría forrarse, eso sí lo entendemos. La mente es un navegador. A veces se acelera, casi siempre se acelera: va y viene adelante y atrás: a instantes que solo existen en la memoria y en la imaginación (la imaginación es la memoria del futuro, o la memoria es la imaginación del pasado). Si usted es hoy, las tardes empiezan a alargar: un minuto más de luz en esta zona presidida por Orión, que es una pajarita o un vestido de fiesta. La palabra blanda de 2014 es “selfie”; la frase –dura– que fija el año suena como una sentencia: “es lo que toca”. Entender el cambio que se nos ha llevado ya solo lo haremos instalándonos en el futuro. Aprendamos a mirar los huecos de lo desconocido. Feliz 2115.
(Columna en Heraldo de Aragón hoy)
