El Estado del Bienestar (EB) era el gran hallazgo europeo, el clímax del I+D. Es lo que establecía la diferencia, lo que quería imitar el mundo que aspira a salir de la edad media, lo que daba prestigio a Europa y la hacía apetecible. La marca de Europa es esa: que nadie se quede a la intemperie, la garantía de asistencia, educación y un colchón mínimo para evitar la miseria y la esclavitud. Una cosa práctica: si hay un mínimo asegurado de supervivencia todo va mejor. El EB daba un continente sano y confiado, una unión posible más allá de las trapacerías contables como la de alterar el euribor, un futuro juntos. Era lo que más y mejor se podía exportar, la mera civilización. El EB hay que nombrarlo en pasado porque ya se ha abolido, aunque no se reconozca en público. Solo falta darle la puntilla. En vez de afinarlo y mejorarlo, lo han eliminado. Empezaron por retirarle las mayúsculas y ahora ya es un kit de negocios privatizables: mangoneo, puerta giratoria, leyes ad hoc, capitalismo amiguetil. Disimulan un poco pero le han recortado lo que más valía, el prestigio, la idea, la esencia. Los demás. Los infinitos demás con sus almas y su intemperie. Todo se ha quedado en lucha a muerte por las migajas. Lo peor es que no son sinceros, no lo dicen en el TD de las nueve. Y no queremos verlo. No querríamos. Somos cómplices: si nos lo dan, bien; si no, a otra cosa. Y así, a lo tonto, ya estamos en esa otra cosa. La marca UE ha muerto. Se queda en un marco para amañar el euribor. No es extraño que habiliten a los guardias privados con funciones de policías (por el mismo sueldo). Y que tensen el Código Penal: mil años y un día por suspirar.
[Columna en Heraldo de Aragón de ayer]
