Iba un hombre jugando al fútbol por el paseo principal de la ciudad, sin balón. Regateaba a los viandantes sin molestar, desde lejos; a veces chutaba fuerte pero se desentendía de la trayectoria de la pelota, como si estuviera seguro de que iba a entrar. El hombre seguía jugando y haciendo fintas hasta que vio la portería. No era fácil, entre la gente, los tranvías, los autobuses, las barredoras que triscaban por las amplias aceras, los ciclistas numerosísimos del lago Kivú y, claro, los defensas del equipo contrario, que esperaban el ataque camuflados entre los porches o fingiendo ser simples transeúntes centrales. El ariete, un hombre de cierta edad, pelo escaso y enjuto de cuerpo, gambeteó un poco más, amagó con entrar en el pasaje comercial abandonado y de repente se introdujo en la librería y saltó a este párrafo de este libro no escrito que, sin embargo, ya se puede comprar. Claro que hay que saber dónde estamos.
N O V E L A "Nadie y nada"
C U E N T O S "Familias raras"
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