En este mundo apenas existimos. Somos como nadifurcaciones. Es la piscina de Gatsby con el colchón neumático flotando entre las primeras hojas del otoño. Su cerebro cuántico, si es que se lo ha instalado, le dirá que todo sigue igual. Pero su cerebro antiguo, más antiguo que la vida y los peces, le está avisando de que hay una nueva realidad en ciernes; casi se ha formado ya, crece como una nueva capa de piel, se superpone a las células que aún viven pero saben su hora, sus horas exactas. Para no existir, estamos bien. Superchancler se presenta una y otra vez; es amable, lleva gafas de gruesos cristales y tiene una gran espalda. Vive con su madre viuda (que a su vez vive con su marido en otros ámbitos, intermedios, bamboleantes, quizá en el Cielo: esta mujer dirige el Cielo clásico con dulzura, es la ama de llaves y la regente del Cielo de verdad. Lo hace por amor, para estar al lado de su marido. Ella lo tiene todo arreglado y lo está esperando. Él no llega por la demora de los mundos, el roce y las tradiciones, que se colapsan unas a otras; por su bondad y su buen humor, no habrá tenido ningún problema en subir a ese Cielo donde le espera su mujer) que mantiene con vida la discreta ciudad.
Alguien vela por todos — Ya es hora de cerrar
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