Marie Sue/Adán: amor fusión // La apuesta del magnate secreto // Liberación de las efébidas y efectos de la rencorina

Estaban escuchando la monserga del Administrador (él pedía la mayúscula expresamente) cuando Marie Sue y Adán entraron en volición y todos quedaron pasmados ante aquella vorágine interior que sin duda precedía a un orgasmo molecular. El edificio vibraba sin moverse y la ciudad entera asistía a las sacudidas nanométricas de aquel acto tan discreto como evidente: la compenetración de los dos seres, que ya eran uno y trino, alcanzaba un grado más en la escala que ellos mismos estaban explorando sin remedio y quizá sin poderlo evitar. Todos los presentes cerraron los ojos en signo de respeto y admiración hacia una pareja tan entregada y hacia un universo que propiciaba actos a la vez tan candorosos y tan energéticos. Las sacudidas, inapreciables a los humanos, gripaban la rejilla invisible del tiempo y curvaban aún más la capa de eventos de manera que cosas que aún no habían sucedido y que tal vez ya nunca podrían acaecer, ocurrían una y otra vez ante los espantados ojos chispeantes de los presentes que también asistían a ráfagas de pasados remotos, a veces con irrupciones violentas de eras tan antiguas que ninguno acertaba a descifrar tantos horrores y escabechinas como les pasaban a dos palmos de sus rostros; en una de estas alteraciones que arreciaban en vez de amainar, la curva de una guadaña que empuñaba uno de los espectros que por allí porfiaban enfundados en túnicas o sudarios segó la garganta de José Luis el olvidado con tanta limpieza que cuando quisieron acorrerle la cabeza ya rodaba loca por la estancia y la boca aún farfullaba vituperios contra aquellos bicharracos que seguían a lo suyo enfangados en feroz pelea sin reparar en nadie ni atender al griterío ni a la lluvia de balas con que los rociaban al unísono el Administrador, Nancy y Lomper, que disparaban a bulto mientras intentaban esquivar la cabeza de José Luis, que iba y venía como en un rondo mientras Aristóbulo, más sereno por la provecta edad y las muchas guerras que sin duda había visto o protagonizado, se lanzó detrás del mueble bar y allí agazapado imploraba porque todo fuera otra de las visiones espeluznantes que aquellos personajes –José Luis, el Administrador- tanto prodigaban para impresionar a las visitas. Marie Sue y se supone que Adán fundido con ella seguían a lo suyo sin advertir el cataclismo que sus íntimas convulsiones celulares producían en la comba de las cosas y los seres; antes bien aún parecían prolongar sus ardientes convulsiones, pues los gravitones crujían como palomitas en un reactor y los últimos chasquidos fueron tan intensos –aunque por fuera no se apreciaba nada- que las estampas de genocidios pretéritos se volatilizaron y los testigos, agotada ya la munición, creyeron que al esfumarse el ensalmo verían al olvidado con todos sus apéndices para así poder olvidarse de él otra vez y seguir con lo que estuvieran haciendo, sus vidas siempre aplazadas.

La otra consecuencia del orgasmo metafísico (como lo llamó Aristóbulo desde su escondite) de Adán y Marie Sue fue que las efébidas, recluidas en el sótano, empatizaron con aquel coito místico, se agitaron en una réplica simpática y alcanzaron una espléndida catarsis: expulsaron impurezas, anheloides y excrecencias matéricas que habían ido acumulando durante tantos días de encierro. Más que la ausencia de vitaminas y alcaloides lo que perturbaba a las criaturas celestíacas era la ausencia de luz, de confort y de dulzura. El magnate secreto las compró para forzar una apuesta descomunal: si conseguía que las seráficas (cuya fama ya era mundial) renunciaran a sus aspiraciones espirituales, el magnate obtendría el exclusivo rubí del marajá de Poleñino. En caso contrario, si las criaturas misceláneas perseveraban en sus elevados propósitos, el oscuro millonario pagaría un precio que de momento no se había hecho público, pero sobre el que ya cruzaban inmensas apuestas.

Las convulsiones celulares de Marie Sue y Adán sacudieron la castigada intimidad de las efedrináceas con tanto ímpetu que al primer empentón molecular atravesaron los cimientos del sótano, salieron a las lóbregas callejuelas que circundaban el hotel y sus túnicas andrajosas y descoloridas comenzaron a refulgir y a reverberar aromas y mixturas de océanos ignotos que atontaban y despejaban a la vez. El gentío, que malvivía de hostigar, secuestrar y ultimar a los incautos que incurrían en sus laberintos de palacios desmoronados, lloraba, aplaudía, intentaba hacer fotos a las rúbices y las seguía embelesado; tanta fuerza tenían en su euforia de libertad y luz recobrada que sus halos y aureolas cubrían también a los fieles que iban engrosando su imponente séquito. En ese descenso a los boulevares y las avenidas donde ya se inquietaban las narcoautoridades, aquella muchedumbre entregada que seguía a las efelindas hubiera dado la vida por ellas; algunos veían apariciones, otros conversaban por teléfono con sus antepasados remotos, y todos se rebozaban en los halos y auras como se envolverían en foulards de polvo de estrellas o espiroides de adn angélico.

Algo no iba bien. Las selfeidas acusaban el encierro, habían acumulado rencores y les costaba depurarse por dentro. Relampagueaban miradas asesinas, escapaban fotones letales, apenas un 1%, pero iban cargados de odio comprimido. Algunos de estos rayos invisibles para los humanos impactaban en las azoteas o en los cables de la luz así que la comitiva áurea, además de alegría, esperanza y prodigios, dejaba una estela de incendios y destrozos. Si una mirada humana coincidía con esta fuente energética que expulsaba resquemor puro la persona empezaba a arder por dentro. Las mismas selfíadas, al darse cuenta de estas supuraciones, trataban de bajar los párpados, pero entonces era peor porque sus cuerpos casi inexistentes se hinchaban y cuando volvían a mirar emitían chorros de luz negra que por mucho que ascendieran no desaparecían: las líneas se quedaban en el cielo sin orden aparente y ese trazado indescifrable, que no recordaba a nada conocido y que no se desvanecía, causaba un malestar nuevo, como si fuera el anagrama de los peores augurios.

Estos fenómenos hicieron decaer la popularidad de las engrélidas y la muchedumbre que procesionaba tras ellas empezó a dispersarse y a mascullar; el murmulleo se oía por toda la ciudad y el magnate anónimo publicó un mensajito en el que argumentaba que había ganado la apuesta, pues las criaturas, fuesen lo que fuesen, no podían sobreponerse a sus argucias lo que venía a sentenciar la eminencia de la materia sobre la voluntad, el espíritu o cualquier otra entelequia inverificable.

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Primer capítulo

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