Marie Sue vuelve a decir las frases que le han regalado en el taller y aplaca la vorágine del admin, que cae al suelo de golpe rompiendo las patas de la silla. Hay que matar a este tipo, dice Nancy, o acabará con nosotros. De nuevo le empiezan a refulgir los ojos inyectados en el láser de la muerte tóxica y la estancia se alabea y se dobla por los lados… Como nadie se decide, Aristóbulo le asesta otro mangazo con la tubería y el grifo le arranca parte del encéfalo, que se esparce como trozos de esponja chisporroteando maldiciones y vituperios. El resto parece aplacarse, pero Nancy, que ha activado por fin sus gafas de ver fractales (no quería que supieran que las tenía) detecta una gran actividad en el trozo de cerebro con chips incrustados que le queda en su sitio al administrador, así que lo fríe a tiros y luego le pega fuego con un minilanzallamas de bolsillo que causa sensación entre los presentes. La bestia aún se revuelve atada en la silla sin patas como sierpe esperando que le crezcan nuevos órganos. Lomper la trocea pacientemente con un hacha que adornaba una panoplia del vestíbulo y cada cual se afana por aplastar a pisotones los trozos pequeños que palpitan buscando las rendijas del suelo de madera.
Una vez aplacado el monstruo del administrador y antes de que nadie acierte a recuperar los hilos locos de sus pensamientos, el sicario, que sigue atado en una silla, aunque ya sin mordaza, les pide por favor que lo suelten y que le gustaría decir unas palabras que cree que pueden interesar a todos. Agotados para negarse y aun para pensar, asienten por gestos y Lomper desata al que había sido su compañero de trabajo al servicio del enigmático magnate que compró a las nereidas.
Lomper y Nancy, amigos de la infancia y del barrio, preguntan dónde está Adán, y Marie Sue explica el cambio, aunque es evidente que ellos no la creen. Mi devoción por ti se ha ido, le dice Lomper, ya no eres la santa niña que iluminó mi infancia, has crecido.
Aristóbulo se impacienta. También él reclama el regreso de Adán. Ahora que Adán no está (al menos en forma visible) el viejo comprende que lo echa de menos. Se reúnen en torno a una madeja de confusiones y sinsentidos: el episodio del administrador (algunos de cuyos trozos aún colean por el suelo) les ha dejado sin fuerzas. Necesitan un extra de energía para seguir con sus vidas. La silla girando, el hombre echando flamugios con los ojos inyectados en láser ha sido excesivo.
Habla el sicario al que acaban de desatar:
Me llamo José Luis y soy peruano. Como ven, soy descendiente de los indios de mi tierra y para resumir les diré que tengo un gran poderío mental, un gran dominio de la esfera invisible, vaya. Comprendo que por economía de medios ustedes se resistan a dejarme entrar en sus vidas, solo con ver sus caras ya se entiende que no quieran incorporar nuevas personas a sus conciencias desbordadas, atormentadas por esta saturación de fenómenos.
En efecto, dice Aristóbulo ya muy agotado, haciendo un esfuerzo sobrehumano para ponerse en pie. Tengo que salvar a esas criaturas que se mueren en el sótano y no aguanto más dilaciones. Si alguien me quiere echar una mano…
Sin embargo, le interrumpe José Luis con firmeza, es necesario que me escuchen si quieren seguir con sus vidas. El resumen es: yo también estoy aquí y quiero ser alguien. Me han tenido atado a esa silla desde que llegaron, se han olvidado de mí. Y no se han dado cuenta de que he sido yo precisamente, el olvidado, quien ha estado bloqueando todas sus posibilidades. Y seguiré haciéndolo si no me escuchan. No podrán avanzar en sus propósitos, no podrán hacer nada hasta que no me hagan un sitio, un hueco. Les pido disculpas porque yo no estaba previsto en esta fiesta y a ustedes no les cabe ni un miligramo más en sus abotargados cerebros, pero necesito decirles algo.
Toda esta fuerza interior durante años no me sirvió para nada. Pero de repente el mundo empezó a dislocarse y entonces mis visiones y mis poderes inútiles encontraron su sitio y empezaron a ser de gran utilidad. Mi problema es que nadie lo sabe, hasta hoy he sido tímido y me he contenido. Pero cuando me he visto amarado a esa silla como un animal, olvidado como un trasto, he dado rienda suelta a esta fuerza… en fin, ya ustedes han visto lo que ha pasado. Así que más vale que tengamos la fiesta en paz y que me escuchen.
Todos dieron un respingo y abrieron un poco sus “abotargados” cerebros.
Yo he puesto en pie a ese adefesio, prosiguió Jose Luis ya más tranquilo al ver que, en efecto, le escuchaban con interés o con espanto. El pobre administrador, dijo, era un tipo normal, Lomper se lo puede decir a ustedes, o sea, un tipo asustado, dispuesto a hacer cualquier cosa por seguir viviendo un poco más. Yo le he dictado sus palabras y le he insuflado esa locura energética que ha acabado con su vida, creo. Lo han tajeado ustedes bien. Si me lo propusiera, aún podría reavivarlo y amasar un golem, pero descuiden, no voy a hacerlo. Yo también he de economizar recursos y también tengo hambre. Por cierto, podríamos comer algo. En la recocina hay víveres de sobras, el magnate oculto nos proveyó de todo lo necesario para una larga estancia…
Aristóbulo, que se había derrumbado en un sofá, se puso en pie.
Sí, caballero, prosiguió Jose Luis, también encontrará lo necesario para sus extrañas criaturas del sótano. Y le entregó una llave.
Todos se lanzaron hacia la despensa.
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