Saldremos a la bifurcación que queramos, si queremos quererla. Pero hemos de ponernos de acuerdo. Marie Sue ha encontrado a su hermanito gracias a los pilotos del coma. O al menos ha encontrado a un hermanito que podría ser el suyo. Las fechas coinciden, el éxodo desde las ciudades secretas nucleares, algunos detalles. El adn no diría nada porque quizá no era hermano de sangre, solo familia, aquellas familias cosidas de refugiados, deportados, emigrados. Ella lo quiere, lo ha buscado tanto, se le soltó de la mano entre los vapores cárdenos y las emanaciones del desierto. Pero si quiere recuperarlo tiene que pagar por él. Cada cosa hay que pagarla o deberla, cada átomo de aire. El hermanito se llama Metoné y es un pandillero, sicario, quizá asesino juvenil; enrolado en una banda que podría ser de narcos o del gobierno, según cómo se explique, pues el mundo se vertebra por bandas y tribus y las rayas de la legalidad se mueven demasiado. Marie Sue tendrá que pagar el rescate, la licencia, la libertad, siempre provisional, limitada, a plazos. Marie Sue y Adán, dos en uno, tres. La vida no les había esperado, no se podían congelar los mundos vivos; hasta las recreaciones de archivo evolucionan, como la del feriante que a punto ha estado de saltar a esta vida más o menos en marcha, quizá un juego o acaso otro tipo de archivo. Por poco se ha quedado atascado el feriante; antes de ser repescado por la galería de copias de amigos, ha tenido tiempo de hacer una llamada, y ha confirmado que sus negocios y sus inversiones de entonces, más o menos, siguen en esta vida; han prosperado, medio clandestinas medio oficiales, todo un poco mezclado y bastante confuso, diáfano si se analiza con las gafas de leer fractales que casi nadie tiene. Las gafas de leer fractales dan un poder añadido, una visión expandida. El feriante que repetía su nombre en vano para quedarse, para vivir otra vida auténtica, le ha dado a Marie Sue las señas de una de sus factorías; debió de ser un emporio en su época porque a Adán le sonaba mucho: Fábrica de Carnuzos Don Luis y Forever, una marca de prestigio de cuando entonces, al final de la colonia Onetti. Les ha dicho el feriante que acudan allí, y que cuenten a sus sucesores dónde está él, aquí al lado mismo, en otro universo, tocando a este. El feriante quiere otra vida, esta vida incierta en la que pululan Marie Sue y Adán como partículas errantes. Quiere que vayan a rescatarle. Al segundo intento conseguirá salir y vivir en la gloriosa inquietud de los futuros en marcha, ¡la vida!
Marie Sue y Adán vuelven al hotel donde quedaron las criaturas seráficas. En esta bifurcación el administrador del magnate no ha disparado, las balas esperan ansiosas la carne. El administrador está dando una charla a su sicario, a Lomper (que también lo es, o lo era) y a Nancy, la desertora del comando de hacienda. El administrador les está contando que un antepasado suyo construyó la espantosa máquina de torturar y ejecutar que Kafka describe en su relato La colonia penitenciaria. El administrador tiene la máquina en un almacén, aunque la parte de arriba, la más delicada, el cuerpo de engranajes (“el dibujante”) que tatúa cada sentencia en la piel del reo, requiere alguna reparación. El admin busca un mecánico, profesión ya extinguida, para repararla. No sabe si su antepasado fue el comandante o el constructor, pero la máquina está en su poder. Ni siquiera Kafka habría sido capaz de urdir esa sarta de atrocidades si algo no le hubiera inspirado. Ese algo era la máquina, que está dos manzanas más abajo, encomendada como una reliquia al admin que muestra torpe un garabato y explica que las agujas imprimen las sentencias en la carne del reo. Durante años me avergoncé de ser el guardián de ese ingenio macabro, dice, pero en estos tiempos esa herencia me ha abierto muchas puertas. Es mi currículum.
El instante está siempre por hacer, dijo Marie Sue.
Y esa frase, sin duda extraída del taller de inventores de palabras creadores de mundos, obligó al administrador a volver a un presente en el que su dedo, hasta entonces tieso sobre el gatillo, se distendió. Aunque ese detalle ya les daba igual a Lomper, a Nancy, al sicario y a Adán/Marie Sue, porque la charla monocorde del administrador les estaba abduciendo, les robaba la identidad y les forzaba a entrar en el almacén de pesadilla donde, según decía, conservaba intacta su máquina kafkiana. Marie Sue había visitado el taller de inventores de palabras siguiendo las indicaciones de la tertulia permanente de los pilotos del coma, y allí le facilitaron algunas frases para desbloquear estampas o escenas de la realidad. Había gente a este lado, le dijeron, capaz de apoderarse de la voluntad de los oyentes con sus discursos, bien por el sonido de la voz, bien por el contenido urticante de los mismos. Y la mejor manera de quebrar esa colonización cerebral instantánea era pronunciar algunas palabras refrescantes, sortilegios de probada eficacia que abrían huecos en los laberintos verbales.
¿En qué debo pensar? En el vivir de las horas.
Se dieron cuenta de que el amin les estaba robando el tiempo y el sentido, les envolvía en leyendas que iban aprisionando sus cuerpos/almas como telas de acero invisibles, guedejas y retahílas de palabras que acababan por someterles a sus designios. Aquel tipo era un chamán, tenía la capacidad de Hitler para seducir a los oyentes con sus chirridos horrísonos, o quizá con los argumentos.
Tras la interrupción el admin regresó al presente y explicó empuñando el arma de nuevo que no podían llevarse a las efébidas, ya que pertenecían a su jefe, el magnate invisible. Entonces se dieron cuenta Adán y Marie Sue de que faltaba el señor Aristóbulo, que debería estar con ellos. Pero ya era tarde porque el magnético poder de aquel sujeto ya les estaba taladrando de nuevo las sienes con su sonsonete inmisericorde: ahora les estaba diciendo que alguien les escribía sus vidas y que por eso él se las estaba perdonando o prolongando sin abrir fuego. Yo tengo tres dones, añadió, dos no vienen al caso, y el tercero es saber cuándo a alguien le están escribiendo su vida. ¿Si o no?, rugió apuntando al grupo de sofronizados que le seguía sin parpadear. A mí me tocó en un sorteo, dijo al fin Adán por boca de Marie Sue. Me tocó un premio que consistía en que alguien me escribiría la vida. ¿Lo ves?, dijo el admin dando un culatazo sobre una mesa. Pero me había olvidado, dijo Adán, como estuve en coma…
Las horas han vuelto, susurró Marie Sue, dispuesta a interrumpir de nuevo aquella trampa de bucles: ¡Aristóbulo, Aristogato, Aristobulón!
El anciano abrió la puerta que conducía al sótano y asestó un golpe al administrador con un trozo de cañería. No había otra forma de saltarse esa pantalla, dijo mientras Nancy inmovilizaba al sujeto con precintos. El sicario seguía atado y se estaba ahogando, así que le quitó la mordaza. Todos querían hablar a la vez. Aristóbulo se impuso pegando castañazos con su grifería en la mesa. Ordenó que le taparan la boca al administrador: era su arma letal. Pero la confusión era más grande en silencio, así que tuvieron que desahogarse y hablar todos a la vez, a gritos, incluso le propinaron algún manotazo al admin, que apenas un minuto antes había manejado sus voluntades.
Aristóbulo dijo que a él lo había mantenido inmovilizado detrás de la puerta solo con su voz, y que, en efecto, el relato más espeluznante de Kafka requería una máquina infernal como la que había descrito el innombrable admin. Y que si existía algo similar habría que destruirlo en el acto, que la sola mención de ese artefacto era una afrenta a la humanidad, incluso en su lamentable estado actual. Al oír eso el admin comenzó a agitarse como un endemoniado, la silla giraba sola a un palmo del suelo y fulgores ígneos espumarajeaban por los orificios… Hasta que Nancy, que se había hecho con el arma, comenzó a dispararle al corazón. Pero las balas no le hacían efecto; arrancaban destellos y esquirlas que se volvían palabras chamuscadas y se evaporaban en polvo y ceniza. ¡Cuidado, es un objeto verbal!, gritaba Lomper fuera de sí mientras Aristóbulo intentaba en vano atizar al giróvago con su cañería de plomo: los golpes rebotaban antes de impactar en la carne. La silla donde estaba amarrado el admin, girando cada vez más deprisa, rozaba ya el techo del vestíbulo del hotel. ¡Atrás, nos arrastrará, gritaba Lomper, lo he visto otras veces, es un tornado verbal!
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