El empresario que pagaba todo aquello le propuso a Marie Sue que se quedara con ellos en esa velada de archivo: he congelado esta inmortalidad, dijo con modestia, y he invitado a mis amigos; lo bueno de esta vida es la paz, añadió, porque veníamos de un mundo agitado… aunque la paz también llega a cansar.
Marie Sue le dijo que le había venido bien disfrutar de la fiesta y de esa paz, pues vivía entre amenazas, pero que no podía quedarse: estoy buscando a alguien, dijo, me busco a mí misma, a mi hermano… Quiero rehacer el mundo, inventar una vida, o todas. El empresario, que se definió como un feriante, le pidió que les visitara de vez en cuando: siempre estaremos aquí, me temo.
Soy mis proyectos, pensó Marie Sue mientras se despedía de los fiesteros perpetuos; algunos intuían que nunca podrían librarse de la melancolía que les había causado esa visita que por un momento les había recordado la incertidumbre de sus vidas originales (sin contar con que la transformación de Adán en Marie Sue).
Adán se quedó rosigando la frase interior de Marie Sue –“soy mis proyectos”– pues él no tenía ninguno, excepto el dejarse vivir, y de mala gana. Mi identidad es no ser nada, o algo así.
Y también pensó en qué ocurriría si no conseguían salir de aquella vida estancada de la terraza. Su naturaleza rudimentaria (su red neuronal, su pasado, lo que fuese) se sentía a gusto en su nueva vida incorpórea, escondido dentro de Marie Sue, formando parte de ella, de sus células.
Marie Sue/Adán temían que este cambio de papeles, como se había producido en un mundo clausurado, desapareciera al volver a su presente. Pero ellos estaban vivos, o eso creían (acaso estar vivo, en la gradación de mundos posibles, consistía sólo en querer estarlo), y salieron sin problemas a su mundo habitual, por el simple efecto de la voluntad.
Enseguida comprendieron que la realidad donde vivían había seguido su curso mientras ellos estaban “de visita” en el tiempo detenido de la fiesta. El mundo no nos ha esperado, dijo Marie Sue.
Salieron a otra estancia, quizá otro barrio o una ciudad diferente. El feriante estaba con ellos. He saltado gracias a vosotros, dijo. Me habéis deseado, me habéis traído. Yo he querido venir, pero mi voluntad no hubiera sido suficiente. Ahora podré ver qué ha sido de mis inversiones, de mis negocios. Lo gasté casi todo en levantar esa fiesta que acabáis de ver…
El feriante no se daba cuenta, pero se disolvía mientras hablaba. Su cuerpo se facetaba, perdía volumen y a ratos dejaba ver el fondo, que quizá era la realidad. Adán y Marie Sue no se atrevían a interrumpirle, el hombre estaba emocionado y hablaba deprisa. Aunque quizá sí que presentía que se estaba yendo porque repetía su nombre, se aferraba a los logos de sus empresas, quería contar toda su vida… Compré esa eternidad –decía–, hice copias de mis amigos, aunque es cierto que a algunos no les pedí permiso… Yo sé que usted me ha traído con la fuerza de su voluntad porque confía en que voy a ayudarle… y así es…
Entonces empezó a llover y el hombre se diluía como una acuarela, se emborronaba y ya no le salían las palabras. Marie Sue, que en efecto creía que el empresario le ayudaría en sus propósitos, le recriminó a Adán su falta de interés: no has hecho nada por retenerlo. Estaban en un patio flanqueado por altos paredones y la lluvia, que era lo único que le interesaba a Adán, cesó a los dos minutos.
Pensé que con su fuerza me daría otra vida, musitaba una voz que ya era solo sonido, acaso un eco.
Marie Sue pensaba que es difícil atravesar mundos, pero no imposible. Y que sus limitaciones eran voluntarias, las que ella quería ponerse. Y con ese convencimiento quiso traer de nuevo al feriante. Lo llamaba y lo buscaba por los rincones llenos de cachivaches del patio, pues sabía que estaba allí mismo, que la membrana entre el archivo y esta realidad era imaginaria; lo llamó a gritos y susurrando su nombre mientras revolvía cajas apiladas y trastos propios de un desván o una chatarrería… Pero lo único que consiguió fue que volviera a llover. Y eso alivió sus recelos, porque además de invocar el regreso del hombre también estaba pidiendo la lluvia, y pensó que quizá ese deseo del agua era más fuerte o más auténtico que el otro. O quizá Adán solo la secundaba en pedir la lluvia y en efecto se había desentendido del empresario. Adán atraía los rayos porque a fin de cuentas había sido alumbrado en una noche en que cayeron mil. Por eso mismo le respetaban, caían a su alrededor sin rozarle. En su época de excesos los usaba para prender cigarrillos.
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