Adán/Marie Sue y Aristóbulo con Nancy

Nancy iba con el señor Aristóbulo buscando víveres por el peor barrio de la ciudad: se había afavelado. Nancy se asustó al ver que les cercaban bandas de niños famélicos con toda clase armas primitivas, lanzas, garfios, bolas de hierro con tirachinas, arcos, cerbatanas… Y llamó a su gente, al comando de hacienda. Les dijo que se había unido a los fugitivos Adán y Lomper para espiarles y que estaba en apuros. Le preguntaron si conservaba el furgón y dijo que sí. Le preguntaron dónde estaban ahora Adán y las criaturas mísceláneas, Nancy se dio cuenta de que no iban a venir a rescatarla (en ese momento Aristóbulo hacía frente a los niños con su cuchillo jamonero) y no les dio la información: les dijo que cuando la rescataran a ella los guiaría a la guarida de Adán y las ninfas millonarias, dijo esa expresión, “ninfas millonarias” deliberadamente, pues sabía que sus jefes solo tenían un objetivo. Tienen un tesoro, añadió. Y dejó su localizador abierto tal como le indicaron sus jefes. A los cinco minutos, cuando los niños ya empezaban a hostigarles en serio, una nubecilla de insectos drones solo perceptibles para las gafas de Nancy comenzaron a disparar sus invisibles dardos mortíferos sobre los pilluelos y no quedó ni uno en pie. El barrio supo así que un nuevo azote caída sobre sus callejuelas hasta entonces impenetrables. Mientras los drones remataban a los críos Nancy arrastró a su compañero a la primera casa que pudo abrir y atrancó la puerta. Le dijo a Aristóbulo lo de los insectos letales, y que no convenía asomarse, y apagó su localizador. Aristóbulo estaba estudiando las pinturas o relieves murales del patio y apenas le hizo caso. Fruto de esa indagación descubrió una puerta camuflada, tanteó hasta que pudo abrirla y se abismaron por una escalerilla que descendía casi verticalmente y que estaba iluminada con puntitos como cabezas de alfiles. Son diamantes vivos, dijo el anciano, habrá oído hablar de ellos. Nancy podría ser su nieta, pero él la trataba de usted, con un respeto natural que ella no había experimentado nunca (y que le gustaba). No los toque, advirtió el anciano al ver que ella intentaba arrancar uno de los puntos de luz con su cuchillo, y no los mire fijamente, hay algunas especies que absorben el cerebro. La chica preguntó cómo había descifrado la entrada secreta, pues recelaba de que el descenso fuera una trampa. Él le contó que los relieves eran de un artista llamado Arranz, y que para alguien de su generación era relativamente fácil entender sus mensajes. Llevaban una hora bajando, la caja de la escalerilla trazaba una amplia curva apenas perceptible. No había humedad ni hendiduras ni salientes, solo las diminutas cabezas que iluminaban a intervalos regulares los escalones. Apenas se veía de qué estaba construido el pasadizo que parecía tallado de una pieza. Quizá es un sueño, pensó Nancy, pero siguió bajando tras el anciano, pues lo que habían dejado atrás, muy arriba, era una pesadilla. Por lo que he podido leer arriba, dijo él, habrá unos mil peldaños. Llevamos quinientos diecisiete, dijo ella. ¿Los está contando?, preguntó Aristóbulo. Es un vicio, dijo Nancy, lo aborrezco, pero no puedo evitarlo: tengo que contar, leer, establecer reglas, relaciones… ¿También ha contado los diamantes?, preguntó él, y entonces se produjo el cambio.

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Adán y Marie Sue estaban bajando por la escalera de las puntas de diamante mientras que el señor Aristóbulo y Nancy se dirigían al sótano del hotel del magnate anónimo dispuestos a ayudar a las efébidas.

Habían intercambiado los escenarios pero cada cual solo sabía dónde estaba él. Todos estaban familiarizados con estas traslaciones cuánticas, muy frecuentes y muy comentadas, aunque ninguno de ellos las había experimentado de primera mano. Era un fenómeno más de la disgregación de universos en rodajas, según la teoría más aceptada, aunque esa hipótesis nunca pasó del 10% de síes en las votaciones entre científicos y un 16% en las de epistemólogos.

Al encontrarse de repente en la escalera Adán le preguntó a Marie Sue si quería subir o bajar, pero ella ya estaba investigando por su cuenta en los foros del coma, donde los pilotos mantenían grandes polémicas y arreciaban también las desavenencias. Algunos, según pudo deducir Marie Sue, habían experimentado esos intercambios de fase, pero muy pocos se decidían a contar la experiencia y si lo hacían apenas aportaban pruebas; de hecho había muchos expertos –si esa categoría era admisible en algo tan reciente– que impugnaban el fenómeno y lo tachaban de leyendas, intoxicaciones de ciertos gobiernos o inventos de los concursos secretos. Así, Marie Sue no podía predecir, por ejemplo, si la traslación era reversible, si las decisiones que se tomaban en la nueva singladura determinaban el porvenir de los ausentes, etc. En general, la propia premura e incertidumbre del vivir impedía dedicar energía a investigar estos acontecimientos. Y el que podía certificarlos, como era el caso de Adán y Marie Sue, bastante tenía con adaptarse al nuevo escenario.

A Marie Sue la traslación la había descentrado: la había sorprendido en medio de la revelación, estaba entusiasmada con los efluvios de las criaturas miríficas, dispuesta a aprender de ellas, a seguirlas a sus mundos por el momento inaccesibles, a cambiar… La angelidad le había abierto mil millones de universos que jamás había imaginado, y quería explorarlos, aprender, llegar hasta esos confines y abandonarse por fin, dejar de ser. Ella sabía que el peso de la identidad, fuera lo que fuese, le impedía despegar y comprender. Y ahora, de repente, se encontraba en una cueva asfixiante, punteada por alfileres de luz, había perdido a las criaturas y Adán no le servía de nada, pues al contrario que ella, el pastorcico se movía a sus anchas –era casi más ancho que alto– en aquel pasadizo y ya no se acordaba de las criaturas a las que tenía que rescatar. Para Adán el cambiazo era un alivio porque no tenía ni una sola idea de cómo sacar a las unívocas de aquel sótano y, mucho menos, a dónde llevarlas para que pudieran reiniciar sus existencias místicas. También desconfiaba de Lomper y de Nancy: que fueran amigos de la infancia y que ambos hubieran sucumbido de niños ante la llegada de Marie Sue, excedía el crédito que Adán estaba dispuesto a conceder a la casualidad, que rozaba el cero. Así que para él, encontrarse de repente en otro mundo, o lo que fuese aquello (quizá un videojuego real) suponía al menos un aplazamiento; Adán creía haber comprobado que el mayor éxito consiste en desplazar el fracaso.

Su cuerpo Adán enseguida interpretó la inercia dejada por sus predecesores –Nancy y Aristóbulo– y siguió bajando sin pensar, guiado por el olor, el rebufo o los ecos ya inaudibles de las voces. Hasta supo (aunque fue un chispazo y su cerebro no acertó a procesarlo) que iban por el escalón seiscientos cuatro.

Mari Sue se refugió en su más último reducto e hizo todo lo posible por interrumpir la comunicación con Adán, cosa imposible porque la fusión de ambos era a nivel molecular. Adán asumió esta tensión que le desgajaba de sí mismo y siguió bajando cada vez más deprisa, como un animal, incluso cayéndose y rodando en algunos tramos, llevado por su afición innata a forzar el cuerpo. También él contaba los escalones como Nancy, pero los olvidaba al llegar a cien, aunque en su mente golpeaban los números y chocaban con madejas de recuerdos, experiencias y sentimientos compactados en grumos de dolor y remordimientos por la magnitud del desperdicio, por lo poco que su deambular giróvago aportaba al mundo.

Aristóbulo tampoco quería admitir que él, precisamente él, sufría una de las famosas traslaciones. Al ver que estaban de nuevo en el hotel se vino abajo, pero se recuperó en una milésima: la presencia de Nancy le obligaba a sacar pecho y a seguir adelante. Aristóbulo había intuido algo en la chica, una cualidad poco común en esos días en que grandes convulsiones agitaban y anulaban a la mayoría de las personas. No quería hacerse ilusiones, pero quería creer que Nancy podía echarle una mano en su misión de situar a las efebiácas en una zona de confort que les permitiera desarrollar sus capacidades. Aristóbulo estaba persuadido de que solo esas criaturas, incomprensibles también para él, podían salvar el mundo o, por lo menos, repararlo para que no siguiera deshaciéndose, o tal vez frenar de alguna manera esa degradación. Nancy no estaba de acuerdo: usted cree que la realidad se degrada o se deshace porque le molesta la velocidad de los cambios, dijo. Quería suavizar sus palabras con un ensayo de sonrisa, pero le faltaba práctica. Los años en el comando de hacienda la habían convertido en una esfinge y ya no controlaba los músculos faciales, o quizá había olvidado las emociones que intentaba transmitirle al anciano. Para usted el mundo se estropea, añadió, para mí evoluciona, está vivo y todo lo que ocurre es una oportunidad. Esta traslación, por ejemplo, me confirma que son ciertas, y abre todos los horizontes. Al anciano, que sí sabía sonreír, le preguntó, ¿me ayudarás a salvarlas?

Lomper, sin decir nada, estaba entusiasmado por el regreso de su amiga de la infancia, aunque lamentaba no haber sido él uno de los agraciados con el cambio de escena. Se sentía un personaje demasiado secundario, siempre lo había sido, su vida tenía poca intensidad y en general le gustaba esa existencia débil, pues, al igual que Marie Sue, también participaba de la creencia que homologaba a todas las criaturas y cosas en un mismo rango. Ese paradigma, bastante extendido, permitía que muchas personas renunciaran a la tensión de fijarse objetivos y tratar de alcanzarlos. Se conformaban en una dulce resignación.

Yo sí que le ayudaré, si me acepta, dijo Lomper, pero el anciano desconfiaba y solo miraba a Nancy, que abrazó a su amigo para arroparlo y preguntó: ¿y qué ganamos con ayudarle? No lo sé, dijo, Aristóbulo divertido, no tengo ni idea… Como dices, el mundo es vuestro, ha cogido velocidad y tenéis que decidir mil veces por segundo. Ahora seguimos necesitando alojar a las musas en un lugar cómodo y seguro, y proporcionarles algo de alimentación, fruta, flores, belleza…

Pero, dijo Nancy, ¿qué son?

Por lo que respecta a tu amigo, añadió Aristóbulo con su peor cara posible, prefiero que se marche, aunque ello suponga perderte a ti. En ese momento irrumpió el administrador en el vestíbulo. Al ver a su sicario amordazado en una silla sacó un revólver y empezó a disparar.

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Adán/Marie Sue… varios

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