eCosas

Asistimos a los últimos días en que los objetos no están conectados. Esta nevera no envía información a nadie (¿o sí?). Este lápiz está solo en el universo. Pronto cada objeto estará controlado, conectado. Y todos entre sí. Y los datos de las personas. Las cámaras ya lo ven casi todo: ya nos hemos acostumbrado a ellas, a no sentirnos grabados, observados. Hemos aprendido a ser traslúcidos. Esta internet de las cosas tiene ventajas –ya no se desparejarán los calcetines– pero se pierde la soledad de los objetos, que si no están conectados ya no serán de este mundo ni servirán para nada. Estamos a punto de cumplir la frase del Evangelio que dice “Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados” (Lc 12: 7). Como todo está contado y conectado, empieza a resultarnos inconcebible que se pierda algo, aunque sea un avión en el mar. Claro que veces petan los bits y hay que recurrir a San Antonio. Aprovechemos que la lavadora todavía no está conectada al mundo ni guarda memoria ni envía señal de nuestras coladas al registro mundial de lavados; esa sensación de que los objetos no nos vigilan ni archivan nuestras vidas nos permite disfrutar de una libertad extra que hasta hace poco ha sido lo normal. Así que aún disponemos de unos meses o años para saborear los últimos anonimatos y una intimidad que se desvanece. La transición es suave, empieza por cosas triviales que ya son electrónicas, ya nacen conectadas, geolocalizadas y, en muchos casos, controladas desde lugares remotos. Tenemos una temporadita para disfrutar de la intimidad de las cosas, de la cercanía poética de cuando los objetos estaban sueltos, perdidos en el universo.

(Columna del Heraldo de Aragón de hoy)

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